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AFRICANUS, EL HIJO DEL CONSUL. UN COMENTARIO HISTORICO por Hannon. 1 septiembre 2009

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Antes de comenzar, debo reconocer la dificultad que me ha supuesto comentar una obra basada en un personaje histórico en el que me interesado particularmente. Intentaré ser lo más objetivo posible, pero pido disculpas de antemano -sobre todo al autor- si en algún momento mi pasión por el tema consigue nublar mi visión crítica.

Tenía conocimiento del libro desde que se puso en venta, pero me ha costado algo de tiempo vencer mis reticencias y adquirirlo (ya en la edición de Ediciones B). Puedo asegurar que he intentado liberar mi mente y aproximarme a la obra como si Escipión fuera para mí algo nuevo; y, por supuesto, no lo he conseguido. Advertencias realizadas, paso a comentar la obra.

Ya en la introducción, Santiago Posteguillo, deja claro que la suya no es sino una “obra de entretenimiento”, y, sinceramente, no era otra cosa lo que me esperaba; pero Posteguillo nos engañaba. “Africanus” es un libro tan bien documentado que podría servir sin ningún tipo de rubor para iniciarse en la Historia de la Segunda Guerra Púnica y, por supuesto, en la vida de Publio Cornelio Escipión. La formación del autor queda patente en muchas de las páginas, manejando con soltura el vocabulario latino y todo lo referente a vida y costumbres de la Roma republicana a finales del s. III a. C. ¿Se escurren algunos errores? Por supuesto; pero eso es algo de lo que ninguno, por desgracia, nos hemos librado, y que no empaña el resultado global del trabajo. No obstante, precisamente para eso estoy ahora escribiendo estas líneas: para comentar esos pequeños errores. No se me malinterprete, es imposible dominar todos los aspectos de la Roma Republicana.

Siguiendo con el comentario general de la obra; hay ciertos aspectos que me han defraudado un poco. Sin ir más lejos, la excesiva polarización de los personajes: los Escipiones muy buenos, y Fabio Máximo muy malo. Es una verdadera lástima que los autores siempre tiendan a alejar a los protagonistas de la simple y llana “normalidad”. Y es que se pretende ensalzar a Escipión muy por encima de lo que ya los propios clásicos se encargaron de hacer.

Insistiendo en la labor de documentación del autor, debo admitir que me he visto soprendido por lo certero de algunos de los análisis del autor. Sin ir más lejos, a la hora de interpretar la división de las fuerzas romanas entre Cneo y Publio para cumplir las órdenes del Senado. Pero no sería éste el único ejemplo; la idea de presentar a Escipión al mando de un escuadrón de caballería durante la batalla del Tesino, estando en realidad dicho destacamento destinado a protegerle, es algo que ya se ve reflejado en las propias fuentes clásicas. Incluso el interesante análisis sobre las causas por las que Aníbal se abstuvo de marchar sobre Roma tras la victoria en Cannae. Y es que Posteguillo demuestra haber hecho los deberes de documentación, introduciendo numerosos detalles históricos a lo largo de la novela. Quizás un pequeño tirón de orejas en referencia a la bibliografía utilizada: nos ha parecido sorprendente que no haya utilizado al, en nuestra opinión, biógrafo de Escipión por excelencia: H. H. Scullard. Debería matizar esto último; recuerdo que tras leer una de las obras consultadas por el autor; la biografía sobre Escipión escrita por Javier Cabrero (en mi opinión útil únicamente para los no iniciados), y hablando del asunto con un conocido filólogo y, entonces, profesor mío, aquel me dijo “si quiere usted saber sobre Escipión, lea a Polibio”. Contra eso nada se puede añadir, y Posteguillo ha utilizado a los dos autores clásicos en los que más información podemos encontrar sobre nuestro protagonista: Livio y Polibio, a los que vemos cómo, en ocasiones, ha seguido de manera bastante directa.

Siguiendo con la labor de documentación, resulta igualmente extraño que haya utilizado a Dodge (que aporta bien poco a la cuestión) y no haya consultado ni a De Sanctis, ni a Walbank. Pero, insistiendo por última vez en el asunto, lo de Scullard es lo más llamativo. No queremos, ni podemos, no obstante, exigirle a una novela el rigor documental de una obra de carácter histórico. En resumidas cuentas, Posteguillo cumple con sobresaliente en su labor de documentación. Algo, que considero, es uno de los puntos fuertes de la novela.

Por lo demás, la obra se lee con gusto, sin detenerse en exceso en descripciones tediosas. Es igualmente de agradecer la descripción de las batallas. En el caso de Carthago Nova, que es el que tenemos más fresco, la narración bien pudiera aproximarse a lo ocurrido en realidad.

Fenomenal la introducción del personaje de Plauto en la obra. Pese a la impresión inicial, cuando pudiera parecer que no encaja con el resto de conjunto; lo cierto es que el personaje da mucho juego, y al final uno termina por interesarse casi tanto por su destino, como por el del propio protagonista. Es en éste y algún otro personaje en los que el autor se detiene con mayor interés: Escipión, Lelio, el padre y el tío de Escipión, Fabio Máximo, Catón; etc. Son personajes presentados en cierta profundidad; tanto ellos mismos, como las relaciones entre unos y otros. Igualmente, destaca la presentación de los debates en el Senado y podemos ver las complicaciones de la política en la Roma del momento. Sin embargo, Posteguillo nos deja huérfanos con los cartagineses, presentando a un Aníbal frío y distante, y pasando de puntillas por el resto de los mandos púnicos.

Particularmente increíble me ha resultado la relación entre Escipión y su mujer, por mucho que entendamos lo necesario de introducir alguna historia “amorosa” en la novela. Pero lo que más me ha costado digerir es la imagen de Escipión llevándose a su esposa y su hija a Tarraco: no sólo porque no sea histórico, sino porque es difícil de creer en el contexto de una Hispania dominada por los cartagineses.

Por último, un aspecto que, en mi opinión, ha descuidado algo el autor: la relación de Escipión con la religión. Es cierto que introduce ciertos detalles, como la archiconocida promesa de ayuda de Neptuno ante Cartagena; pero a juzgar por lo que dicen las fuentes, la religiosidad de Escipión parece haber sido particularmente intensa; ya fuera real o fingida.

Habiendo dejado mi opinión suficientemente clara respecto a la fiable reconstrucción histórica, no me queda sino comentar algunos detalles que, en mi opinión bien son inexactos, bien dan lugar al debate. Algunos, como se verá, son auténticas nimiedades que bien podrían ser pasadas por alto; otros son algo más llamativos. Paso, a continuación, a enumerarlos brevemente.

– En la página 87 dice Posteguillo: “Cneo sacó dos espadas de doble filo de metal y le dio una a Publio. El peso del arma hizo que casi se cayera (…) Publio se defendía usando toda la destreza que había adquirido con las espadas de madera”. En realidad el “rudus” pesaba más que las armas de combate real (veáse, por ejemplo, Veg. Epit. Re. Mil. I, 11, 2).

– p. 88:“Los turdetanos se lo habían puesto fácil al quejarse de las agresiones de los Saguntinos”.

Algunas fuentes clásicas hablan de otro pueblo, el de los turboletas:
Apiano, Ib. 10: “Suponiendo que sería un comienzo brillante, si es que lograba cruzar el Ebro, persuadió a los turboletas, que eran vecinos de los saguntinos, para que se quejaran ante él de que los saguntinos hacían correrías contra su territorio y de que sufrían otras muchas injusticias por su parte”.
Es cierto que Livio (XXI, 6, 1-2; XXIV, 42, 11; XXVIII, 39, 8) menciona explícitamente a los turdetanos, pero podría tratarse de alguno de los frecuentes errores que encontramos en Livio al tratar sobre temas de Hispania.
En resumidas cuentas, no sabemos cuál era el pueblo con el que los saguntinos tuvieron problemas, pero sí sabemos que estaba bajo el dominio cartaginés, y que habría que ubicarlos en algún territorio próximo a los dominios saguntinos.
Los turdetanos son un pueblo bien conocido, pero su localización se sitúa bastante al sur de Sagunto y, por tanto, lejos de poder ser denominados “vecinos” de los saguntinos (véase Estrabón, III, 2, 1). En cuanto a los turboletas, la única referencia algo clara que tenemos es la de Ptolomeo; quien menciona la existencia de una ciudad llamada Tourboula (Ptol. II, 6, 60).

Nos limitamos aquí a exponer el problema, y recomendamos la consulta, a quien pudiera estar interesado, de la obra de Sánchez González: La Segunda Guerra Púnica en Valencia. Problemas de un casus belli. En concreto las pp. 106-116, a través de las cuales el autor nos ofrece una muy útil revisión del problema.

– p. 90 (Durante el asedio de Sagunto por Aníbal): “Aníbal recibió la noticia de la llegada de los escorpiones, enormes máquinas que a modo de gigantescas hondas podían lanzar rocas hasta a quinientos pasos de distancia”.

Por mucho que Livio (XXVI, 47, 6) mencione los escorpiones en una fecha tan temprana (la conquista de Cartagena), estamos ante un claro anacronismo. En realidad, las máquinas de las que habla Livio, son oxybolas. Citamos textualmente el trabajo de Romeo Marugán y Garay Toboso al respecto: “Pese a que Plinio los consideraba un invento de los cretenses (Plin., N. H., VII, 56) los escorpios eran pequeñas oxybolas que perfeccionó y desarrolló el ejército romano, explotando su movilidad y facilidad de manejo, pero hasta época de Vespasiano no sería un arma reglamentaria y común en las legiones” (Romeo Marugán, Garay Toboso, p. 261, n. 142), lo cual, por supuesto, no quiere decir que no se hubieran utilizado antes, pues aparecen a finales del s. III a. C.; habiendo estado activos, sin ir más lejos, en las campañas de Hispania.

Pero al margen de la fecha de aparición de los escorpiones, no eran, desde luego, “enormes máquinas a modo de gigantescas hondas”. Al contrario, eran piezas de artillería utilizadas en campaña precisamente por su ligereza; estando su peso alrededor de los 50-60 kg. Y lo habitual es que la munición utilizada fueran flechas de unos setenta centímetros, las famosas “pila catapultaria“. (Véase, sobre estas máquinas, Sáez Abad, pp. 56-62 y 149-159).

– p. 90 (Hablando de los saguntinos, durante el asedio de su ciudad por Aníbal): “Sacaron entonces su última arma de defensa: la falarica. Una especie de catapulta diseñada para lanzar a mil pasos no rocas, sino jabalinas con punta de hierro y lanzas incandescentes”.
La falarica no era ningún tipo de catapulta, sino un arma arrojadiza al modo del pilum romano. El propio Livio nos ofrece una descripción de este arma:

“Los saguntinos tenían la falárica, arma arrojadiza de mango de abeto redondeado todo él excepto el extremo en el que se encajaba el hierro; éste, cuadrado como el del pilum, lo liaban con estopa y lo untaban en pez; el hierro, por otra parte, tenía tres pies de largo a fin de que pudiese traspasar el cuerpo a la vez que la armadura. Pero era especialmente temible, aunque quedase clavado en el escudo y no penetrase en el cuerpo, porque, como se le prendía fuego por el centro antes de lanzarlo y con el propio movimiento la llama que portaba cobraba gran incremento, obligaba a soltar el arma defensiva y dejaba al soldado desprotegido para los golpes siguientes” (Liv. XXI, 8, 10-12).

– p. 98: (Sobre el asedio de Sagunto por Aníbal): “El fin estaba cerca y cada defensor buscaba la forma más digna de morir. Algunos nobles de la ciudad levantaron con ayuda de sus sirvientes una gran pira en el centro de la plaza principal a la que prendieron fuego y a ella arrojaron gran parte de su oro y plata y otros objetos de valor. Finalmente, en un ataque de absoluta desesperación, muchos de ellos se lanzaron al fuego mismo para ser devorados por las llamas antes que caer bajo las espadas de los cartagineses que entraban en la ciudad”.
Aquí Posteguillo está siguiendo el relato de Livio. Estamos ante un tópico que se repite una y otra vez en las fuentes clásicas; me refiero, por supuesto, a la imagen de los sitiados inmolándose antes de caer en manos del enemigo. En el caso concreto de Sagunto, es evidente que hubo supervivientes, y no pocos, puesto que, años después, los romanos entregaron la ciudad a sus antiguos pobladores.

– p. 141 (Dialogo desarrollado durante el año 218) “Necesitamos nuestros vélites”.
Podríamos estar ante un anacronismo, pues Livio menciona que los velites aparecieron en el año 211 a. C. (Liv. XXVI, 4)

– p. 155: No hay evidencia alguna que permita pensar que Lelio estuvo presente en la batalla del Tesino. Pero, como licencia del autor para tejer la trama, es perfectamente aceptable. (Al respecto, véase Walbank, 1967, pp. 198-199).

– pp. 181-182: ¿Salvo realmente Escipión a su padre en el Tesino?
Sabemos que circularon por Roma varias versiones en relación con la salvación del cónsul en la batalla del Tesino. Algunos, como Polibio, se hicieron eco de la tradición que encumbraba a Escipión como salvador de su padre, pero existía otra versión, recogida por ejemplo en Livio, atribuyendo la salvación a un escalvo ligur. Sería largo y tedioso desarrollar aquí y ahora todas las hipótesis en referencia a este episodios, incluyendo la afirmación de Plinio sobre la concesión de la corona cívica a Escipión, quien finalmente la habría rechazado. Me limitaré por tanto únicamente a dejar constancia de esa segunda versión sobre el esclavo ligur, que es recogida por Livio citando a Celio Antípatro (Liv. XXI, 46, 10).

– pp. 204 y ss.: En realidad, Escipión seguramente no participó en la batalla del río Trebia, pues lo más probable es que permaneciera en el campamento junto a su padre herido.

– p. 244: Posteguillo sitúa a Escipión en el ejército de Servilio en el momento de la batalla de Trasimeno. Algo, en principio, bastante probable suponiendo que no hubiera viajado con su padre a Roma.

– p. 293: No hay evidencia alguna de que Cayo Lelio combatiera en Cannae.

– p. 305. El autor sitía al cónsul Varrón al mando del ejército el día de la batalla de Cannae. Es cierto que las fuentes recogen que aquel fatídico día era Varrón el que detentaba el mando, pero es cuanto menos sospechoso que se atribuya toda la responsabilidad del desastre al cónsul plebeyo, máxime cuando Emilio estaba al mando del ala derecha, el lugar ocupado por norma habitual por el comandante al mando.

p. 536: (Durante el debate del Senado sobre la posible nominación de Escipión para el mando de las tropas hispanas): “Nunca nadie tan joven ha sido designado como magistrado, sea en grado de procónsul o de cónsul de Roma”.
Esto es algo que los historiadores siguen afirmando una y otra vez, pero tenemos al menos un posible antecedente: conocemos gracias a Livio, el caso de Valerio Corvo, quién alcanzó su primer consulado a la edad de 23 años (Liv. VII, 26, 12). Por otra parte, la Lex Villia Annalis, que regulaba el acceso a las altas magistraturas no sería aprobada hasta mucho después; concretamente en el 180 a. C.

p. 566: Emilia y su hija con Escipión en Hispania.
Estamos ante otra licencia del autor. No existe evidencia alguna para sostener tal afirmación.

pp. 572 y ss.: Increíblemente, Posteguillo no hace mención alguna a Silano, el otro comandante que el Senado designó para acompañar a Escipión a Hispania.

p. 573: Posteguillo presenta a Lucio Marcio como un centurión romano.
Livio dice que era un “eques romanus” (Liv. XXV, 37, 2); Cicerón lo llama “primi pili centurio” (Balb. 34); y Valerio Máximo lo convierte en tribuno militar (Val. Max. II, 17, 5). Es difícil creer que su rango fuera inferior al de tribuno; no sólo porque Cneo le hubiera dejado a las órdenes del campamento, sino porque luego vemos cómo toma el mando de las tropas por encima de Fonteyo, quien, según se nos dice, era legado.

p. 584: Presentar a Escipión como un hombre fiel a su esposa y como contrapunto a lo habitual entre los altos mandos romanos es poco menos que llamativo. Muy al contrario, el Africano parece haber tenido gran debilidad por las mujeres… y no precisamente la suya.
Véase, por ejemplo, Conde Guerri, 2003, pp. 65-66; Torregaray, 1998, p. 34.

p. 596 y ss. Durante la marcha hacia Cartagena, Posteguillo asume el más que dudoso texto de Livio en el que el autor latino dice que las tropas romanas tardaron 7 días en ir desde el Ebro hasta Cartagena (480 kms), y asume, por tanto (explícitamente), que caminaban 70 kms. al día; algo totalmente imposible.
Un análisis sobre ello, recogiendo algunas de las hipótesis anteriores en Fernández Rodríguez, 2005.

p. 596: Se nos muestra una Sagunto en ruinas, cuando es muy probable que los romanos no hubieran perdido su control tras la muerte de Publio y Cneo Escipión.
Efectivamente, tras la conquista de la ciudad ibera por Publio y Cneo Escipión, no hay evidencia alguna de que la ciudad fuera recuperada por los cartagineses.

p. 621: (Con el ejército romano acampado a las puertas de Carthago Nova): “Y aquellos estandartes… esas águilas”.
Otro claro anacronismo. Las águilas como emblema de las legiones fueron introducidas por Mario en su segundo consulado, es decir, más de un siglo después.

Encontramos en el árbol genealógico (p. 697) un error: falta Lucio, el hijo pequeño de Escipión.
Lucio llegaría a alcanzar la pretura en el año 174 a. C., siendo expulsado por los censores a principios del año siguiente. (Liv. XLI, 27, 2; Val. Max. III, 5, 1; IV, 5, 3).

A pesar de todo ello, creo que con decir que ayer mismo adquirí la segunda parte de la trilogía, “Las Legiones Malditas”, queda patente mi opinión sobre la novela.

Bibliografía citada:

Conde Guerri, E.: La ciudad de Carthago Nova: la documentación literaria (inicios-julioclaudios). Murcia 2003.
Fernández Rodríguez, D.: «La toma de Carthago Nova por Publio Cornelio Escipión: ¿Leyenda o realidad?», Polis 17, 2005, pp. 31-72.
Romeo Marugán, F. y Garay Toboso, J. I.: «El asedio y toma de Sagunto según Tito Livio XXI. Comentarios sobre aspectos técnicos y estratégicos», Gerión 13, 1995, pp. 241-274.
Sáez Abad, R.: Artillería y Poliorcética en el mundo Grecorromano. Madrid 2005.
Sánchez González, L.: La Segunda Guerra Púnica en Valencia. Problemas de un casus belli. Valencia 2000.
Torregaray Pagola, E. La elaboración de la tradición sobre los Cornelii Scipiones: Pasado Histórico y conformación simbólica. Zaragoza 1998.
Walbank, F. W.: A Historical Commentary on Polybius, vol. II. Oxford 1967.

CARTAS A HITLER por Egonius. 14 abril 2009

Posted by paxceltibera in 08. LOS LIBRICOS..
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CARTAS A HITLER.
Henrik Eberle.
Tempus. 2009.

El aficionado a la historia rara vez tiene acceso a las fuentes originales. Por ello, con el tiempo, gusta de la observancia de aquellos trabajos qué, si bien no son las fuentes directas, si suponen un compendio de las mismas. Tal es el caso de Hitler y sus generales, Helmunt Heiber, ed. Crítica, 2005 en el que nos acercamos a las conversaciones del líder alemán acerca de la marcha de la guerra o la curiosidad que nos ocupa en la presente reseña: Cartas a Hitler.

A partir de la definitiva Batalla de Kursk en el Frente Oriental, el Ejército Rojo crea las “Comisiones de trofeos”. Estas unidades se dedicaron a recopilar todas aquellas cosas que consideraban interesantes. La toma de Berlín fue lucrativa en este sentido, con el acceso a documentación de la más diversa consideración. Entre otras colecciones se hallaron varios miles de de cartas dirigidas a Hitler antes y después de la llegada al poder, que los soviéticos archivaron bajo el nombre de Fond (colección).

En esta obra se recoge una selección de dichas cartas. Sin embargo, no se hace mención al criterio para discriminar la abundante documentación, luego suponemos que los textos que se nos muestran son representativos aunque, tal y como se anuncia al final del prólogo “Al tratarse de colecciones que se conservan por casualidad, no puede descartarse que los historiadores sigan encontrando materiales desconocidos”. En cualquier caso, podemos aceptar estos textos como ejemplos del sentir generalizado de la Alemania de aquel momento.

Cartas a Hitler es un documento que nos muestra una realidad social. Gentes más o menos conocidas, más o menos vinculadas al partido y más o menos identificadas con el mismo que, sin embargo, deciden acercarse al Fürher con la esperanza de obtener algún beneficio, pequeño favor o simplemente, atención. Desde la más absoluta ingenuidad hasta los comentarios no exentos de humor y aquellos que ponen en evidencia auténticos problemas mentales, hasta análisis profundos sobre la política del Reich y planes de combate o proyectos de armas milagrosas, poesías, canciones, obras de treatro, etc. No son ajenas, tampoco, las críticas a elementos puntuales del régimen o incluso fundamentales, como el antisemitismo, tanto de ciudadanos judíos o no.

Se acompaña la obra de comentarios del autor, que ayudan a contextualizar ciertos escritos o suponen una introducción a un determinado momento histórico del III Reich. También se adjuntan algunas contestaciones, por parte del partido o Gobierno a los remitentes, que en su mayoría son diligenciadas por R. Hess, antes de la llegada al poder, Bormann, tras el 33 o cualquier otro funcionario. Muy escasas son las respuestas firmadas por el propio Hitler.

En fin, la lectura de estos textos deja una extraña sensación que muchos historiadores han considerado: el elemento místico-religioso del nazismo. Aun se debate si este enfoque podrá aportar un planteamiento analítico a la realidad histórica del nazismo, pero lo que está fuera de toda duda, es que existió y por supuesto, no fue el régimen el que menos cultivara este elemento fundamental de culto al líder.

MAS

Control y Prohibición de las armas… antiguas por Thersites. 22 marzo 2009

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Fernando Quesada Sanz
Ultima ratio regis. Control y prohibición de las armas desde la Antigüedad a la Edad Moderna.
Ediciones Polifemo. Madrid, 2009. ISBN 978-84-96813-23-6
496 págs., 130 ills. B/N Precio: 25 Euros

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EL MEDITERRANEO por Hartza. 21 enero 2009

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EL MEDITERRÁNEO
Autor: JOHN JULIUS NORWICH
Editorial: ARIEL
ISBN: 978-84-344-5387-6
Edición: 1, 2008
Nº de páginas: 700
Precio: 34,90 €

Sin duda, el más reciente y doloroso (especialmente para el bolsillo) desliz cometido en lo que a compra de libros se refiere. Solicitada su opinión al respecto, un amigo historiador en cuyo criterio literario habitualmente confío comentaba escuetamente: “una de esas tonterías que se editan actualmente”, opinión que suscribo plenamente.

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EL IMPERIO DE HITLER por Hartza. 21 enero 2009

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El imperio de Hitler. Ascenso y caída del Nuevo Orden Europeo
Mark Mazower
Colección Memoria / Crítica
Páginas 784
Formato 15,5 x 23 cm
Encuadernación Tapa Dura
Código 969165
ISBN 978-84-7423-625-5

Mazower ya había tenido oportunidad de deleitarme con su excelsa Salonica, City of Ghosts (me temo que no existe aún edición en castellano, ¿a qué esperan?) y reconozco que, aún tratándose de un tema bien diferente en el que el término “deleite” no resulta precisamente el más oportuno, no deja de hacer lo mismo con esta obra. Y eso a pesar, o puede que gracias a, sus casi 800 páginas.

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