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EL SENTIDO DE LA HISTORIA: IDENTIFICAR A LOS CULPABLES por Trola. 25 noviembre 2008

Posted by paxceltibera in 09. ACERVUS..
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La historia contemporánea, en particular, cada vez se parece más a los telediarios de Iñaki Gabilondo, que no se conforma con recabar y transmitir la noticia, sino que de paso nos la mastica, digiere y evacua, dejando al lector u oyente únicamente la desagradable sensación de verse tratado como un pelele satisfecho porque de pronto lo hayan iluminado y colmado de una sabiduría que por sí mismo no alcanza.

Si le preguntas a un historiador/a para qué sirve su oficio, es decir, qué sentido tiene la Historia, enseguida contestará con una frase tópica del estilo: “Conocer la Historia nos ayuda a no repetir los errores del pasado”, pero pocos ejemplos podrá aportar de la aplicación práctica de ese honorable fin en el desarrollo político y social de las sociedades contemporáneas, pues éstas están muy lejos de haberse enmendado en cualquier sentido: ningún abuso, explotación humana, guerra injusta, ha dejado de perpetrarse jamás apelando a conocidos ejemplos de un nefasto pasado.

Aunque el historiador se pretende científico, y por tanto objetivo en la relación de los hechos, no puede resignarse a permanecer neutral o impasible, porque ello supondría reconocerle a su oficio cierta intranscendencia, cuestionar, en definitiva, su utilidad social. Por esa razón, leyes como la de la Memoria Histórica ofrecen a los historiadores una ocasión inmejorable para revalorizar su oficio, pero a riesgo de reconvertirlo también en algo completamente diferente cuando pasa de narrar a juzgar hechos pretéritos y las acciones de los muertos.

La denuncia pública de los abusos de poder se convirtió en una exigencia para los intelectuales tras el famoso J’accuse de Zola, pero hoy en día ese compromiso me parece haber traspasado la línea hacia un dirigismo en temas de opinión, con claros tintes demagógicos. Además, la incansable búsqueda de culpables ya no se detiene en el juicio de los regímenes políticos y en los responsables directos de sus acciones criminales, sino que ya hace tiempo que esa responsabilidad se hace derivar hacia pueblos enteros. Por estos derroteros caminan opiniones como la de Monika Zgustova, una escritora checa a quien El País publicó el pasado viernes La risa de los culpables, un artículo que denuncia la pasividad de la mayoría de los serbios frente a los desmanes del “criminal de guerra” Radovan Karadzic y su resistencia a asumir la culpa que les correspondería por haberlo tolerado primero y encubierto después: “los serbios disfrazan su responsabilidad” con risas e indiferencia, “desvían la atención general para ocultar la responsabilidad colectiva”. A continuación retoma “veredictos” ya clásicos (de Jaspers y Arendt, por ejemplo) acerca de la responsabilidad colectiva de todos los pueblos europeos sometidos en algún momento de su historia a regímenes totalitarios, concluyendo que “una sociedad que permite que un poder dictatorial o totalitario la someta durante décadas es una sociedad enferma”.

Emplear el verbo “permitir” o “consentir” en este campo me parece bastante tendencioso, porque da por supuesto que hay connivencia de la masa de la población con el poder establecido, cosa que a mi me parece muy lejos de haber sido demostrada. Una de las principales claves del éxito de los totalitarismos, e incluso de algunas revoluciones sociales, residen en el ambiente de desconcierto, inseguridad y miedo que crean entre la población, y es bien sabido que la práctica de la delación, inducida por los grupos dominantes, es uno de los instrumentos de control más efectivos porque hacen partícipe también a la masa indiferente y atemorizada de la represión social. La delación por miedo a ser denunciado creó a las brujas de la Europa moderna, fundó el régimen de terror de Robespierre, de los nazis, de los franquistas, etc.

Pocas veces se repara en los mecanismos psicológicos utilizados por el poder para conseguir la colaboración de los ciudadanos y lo difícil que resulta para la mayoría de la gente sin formación ni conciencia política oponerles resistencia, sólo porque carecen de los medios tanto materiales como intelectuales para hacerlo. Si los hubiesen tenido, muchos más hubiesen puesto pies en polvorosa a tiempo, como tantos exiliados que más tarde censuraron la pasividad de la mayoría, que en realidad no tuvo más opción que permanecer y conformarse con lo que se les echó encima.

Durante la guerra civil española se decía que los principales enemigos de ambos bandos eran los desertores, porque hay que recordar también que el reclutamiento era forzoso y pocos se sentían ideológicamente implicados en los motivos de la guerra. La reacción de las autoridades ante este problema fue del mismo signo entre nacionales y republicanos: la dura represión

Para el franquismo, que dividió a la ciudadanía entre afectos, desafectos e indiferentes, muchos de estos últimos fueron también objeto de persecución y represalia, porque o estabas con ellos o contra ellos. Pues algo de enfermizo me parece que también brota en una sociedad aparentemente tan sana como la nuestra cuando de nuevo se pretende criminalizar o culpabilizar la falta de compromiso con cualquier ideología o acción política por parte de tanta gente cuya principal urgencia no podía ser otra que la de asegurarse su supervivencia. La represión y el ambiente de terror creado se encargaría de hacer el resto. Esta es una vieja explicación, que ahora tiende a rechazarse como mera excusa, pero esa es la opinión de gente que nunca fue pobre ni analfabeta, y además seguramente es poco “empática” 

Por otra parte, tampoco me parece que la comprensión del sometimiento de todo un país a un régimen dictatorial merezca una explicación demasiado excepcional, o muy diferente a la de las causas para aceptar cualquier otra forma de poder o autoridad. Nuestra general aceptación y conformidad con el poder del Estado, por muy democrático que sea, me parece simple inercia, y pocas veces nos preguntamos a qué obedece algo tan poco “racional” como asumir de manera espontánea que otros tienen que dirigirnos y dominarnos. Sobre ello se interrogó en el s. XVI el político francés Etienne de la Boëtie en su Discurso sobre la servidumbre voluntaria, a lo que ofreció una respuesta, a modo de alegoría, que no debe estar muy desencaminada para explicar el acomodo general a un régimen tiránico muy prolongado, como fue el propio franquismo:
Cita:
Si hay algún país –como dice Homero de los cimerios- donde el sol se muestra de otro modo que a nosotros, y después de lucir seis meses de claridad continua los deja durmientes en la oscuridad sin venir a verlos de nuevo en otro medio año, los que nacieron durante esta larga noche, si no habían oído hablar de la claridad, no se sorprendería nadie si, no habiendo visto nunca el día y acostumbrándose a las tinieblas en que habían nacido, no desearan la luz. No agrada nunca lo que no se ha tenido jamás, y el arrepentimiento no viene nunca sino después del placer; y siempre es tras el conocimiento del bien cuando se produce la nostalgia del goce pasado

MAS.

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