jump to navigation

EL ORIGEN DE LA CENSURA por Trola. 17 noviembre 2008

Posted by paxceltibera in 03.DEL ARTE Y LA CULTURA EN GENERAL.
trackback

Dedicado a los moderadores de la Pax.

La reprobación o descalificación moral, en lo que consiste la censura en su acepción más común, es un instrumento de control social que funciona y ha funcionado siempre en todas las sociedades para sancionar la trasgresión del orden establecido. Aunque puede funcionar de manera tácita en el seno de grupos de naturaleza diversa, no necesariamente políticos, aquí nos interesa su surgimiento como forma institucionalizada en el seno de sociedades en las que aparece indisolublemente unido a la alabanza pública, el contrapunto positivo de la censura, respondiendo al mecanismo de evaluación moral general en que consiste la distribución de los estatus sociales dentro de una estructura jerárquica.

Este mecanismo ha sido bien estudiado por George Dumézil en Servius et la Fortune entre las sociedades indoeuropeas (ejemplarizadas por los casos indio, romano e irlandés), comprobándose la adecuación de ese modelo sociológico al de las jefaturas clásicas estudiadas por la Antropología Cultural (especialmente las de tipo polinesio, véase p.e. M. Sahlins, Islas de Historia). Las semejanzas estructurales entre ambos sistemas se manifiestan fundamentalmente en mitos relativos al origen de la Realeza sagrada de tipo electivo propio de este modelo. En éste, la censura comienza siendo un medio de control del poder político acabado de surgir en el interior mismo de las relaciones de parentesco, dentro de las cuales el predominio de las relaciones igualitarias dan paso, bruscamente, a las de tipo jerárquico, tal como exige el surgimiento de una autoridad política institucionalizada.

El orden moral “indoeuropeo”
Al igual que otras muchas sociedades jerarquizadas, los pueblos indoeuropeos concebían el Cosmos u Orden Universal como resultado de la lucha entre los contrarios. Así nos lo demuestra uno de los mitos cosmogónicos más ampliamente extendidos entre aquellos pueblos, según el cual la aparición del mundo conocido es el resultado de una gran guerra en la que se enfrentan las fuerzas antitéticas del universo: los Aditya contra los Ashvin, los Olímpicos contra los Titanes, los Ases contra los Vanes, los Túatha Dé Dánann contra los Fomore… El relato de todas estas contiendas responde a una misma estructura mítica, en la que la oposición entre las potencias asociadas de la primera y segunda función (poder religioso-jurídico, y militar) contra las potencias de la tercera (control de la reproducción) se resuelve mediante un pacto de convivencia y cooperación que asegura la instauración de la unidad armónica, pero jerárquicamente ordenada, de todos los poderes sociales, es decir, la Soberanía.

Las organizaciones jerárquicas se rigen por un principio lógico conocido como “segmentariedad del valor”, según el cual, si a la totalidad cósmica le corresponde la totalidad del valor, sus partes constituyentes van perdiendo progresivamente la presencia de ese valor a medida que descienden en la escala jerárquica hasta que, en el nivel más ínfimo de la misma, el valor desaparece por completo, de manera que el sentido del valor se invierte y se produce una antítesis.

Traduzcamos este principio a términos éticos y démosle al Valor abstracto el contenido de “valor moral”. Tras la reordenación cósmica y el reparto definitivo de los dominios entre todas las figuras divinas, los dioses de la primera función se convirtieron en los principales depositarios de la Soberanía, como corresponde a la capacidad de las posiciones superiores de la jerarquía de abarcar todos los poderes y actuar en el marco de todas las funciones. A medida que nos alejamos de la cúspide del poder soberano, éste se va debilitando y dejando paso a un valor contrario al del Orden establecido, razón por la cual los dioses inferiores de la tercera función se caracterizan por su volubilidad y por comportarse como fuerzas excesivas y descontroladas, peligrosamente próximas a los excluidos de la “alianza soberana”, es decir, a los Demonios y a todos los demás seres que de alguna manera personifican el contra-valor supremo, es decir, el Caos (antítesis del Cosmos).

El Orden Universal o Soberanía se confunde, por tanto, con la Ideología dominante, es decir, con la legitimación política de la organización jerárquica. Los valores morales sobre los que se constituye el orden reinante ofrecen el pretexto para someter y controlar a todos cuantos pudieran amenazar ese orden atribuyéndoles debilidad moral o completa inmoralidad.
Este mecanismo ideológico es común a las llamadas “Religiones del Cosmos” (todas las religiones étnicas como opuestas a las “Religiones del Libro”), que pueden ser consideradas en sí mismas Ideologías Fundamentalistas porque sirven de paradigma y legitimación del orden político de las sociedades humanas que las profesan. En estas sociedades no hay lugar para la disensión política porque no hay ideología alternativa capaz de contrarrestar la fuerza de un poder político investido de un fundamento religioso heredado para el que tampoco hay alternativa. La disidencia es impensable porque sería sacrílega, nadie osaría discutir la voluntad de los dioses. Por eso también son sociedades tan conservadoras.

Mecanismos institucionales de la calificación moral
Todo cuanto se refiere a la distribución de los estatus y las dignidades dentro del orden jerárquico se expresa en distintas sociedades indoeuropeas a través de derivados del ide. *kens- “proclamar solemnemente”, “afirmar con autoridad como verdad; decir lo que es conforme a la naturaleza de las cosas; enunciar la norma de conducta” (Dumézil 1943; Benveniste 1983; no sorprende, por tanto, que el griego kosmos “orden” derive precisamente de *kens-, cf. Pieri, 1968: 55)
El plano, tanto mítico como histórico, en el que mejor se representa la acción de esta “apreciación cualificante y pública” es la instauración de la realeza sagrada de tipo electivo, como podemos observar a través de los mitos del rey indio Prithu.
A propósito del ritual de consagración del rey Prithu -el primer rajan indio aspergido e inaugurado en el curso de un rajasuya “producción del rey”-, Dumézil comprobó que la India antigua reactualizaba con esta celebración el orden del Mundo. Esto se refleja en la escenificación mítica del ceremonial de entronización a través de un complejo sistema ritual en el que participaban todas las instancias divinas y humanas del universo indio, comenzando por las personificaciones del Océano y de los Montes, quienes ofrecen al rey sus tesoros y le abren todos los caminos, y de la Tierra, que, presentada en forma de vaca, también lo invita a servirse de sus riquezas.
Según el Mahabharata, comienza entonces con Prithu un reinado maravilloso “sin vejez, sin hambre, sin aflicción ni dolencias”, que supone además el restablecimiento de la armonía quebrantada por el antecesor en el cargo, el “jefe” Vena, quien en un rapto orgulloso había intentado usurpar las funciones sacrificiales de los brahmanes. El homicidio brahmánico de ese jefe indigno provoca entonces la esterilidad de la tierra, lo que en otra variante del mito da lugar a que el pueblo, sofocado por el hambre, demande a Prithu la provisión de los alimentos que la tierra se negaba a seguir produciendo. Ante este requerimiento el nuevo rey amenaza con atacar con su arco a la Tierra, quien acaba cediendo ante Prithu después de una prolongada huída en forma de vaca, concediéndole entonces a los hombres el beneficio de sus riquezas, aunque no antes de que el rey le proporcionase un ternero que estimulase la secreción de su leche (la conquista de la Tierra por parte de un candidato al trono, es otro de los elementos comunes a los mitos de fundación de la realeza electiva). Finalmente, reuniéndose todos los seres sobrenaturales en torno a la Vaca de la Abundancia, Kamadhuk, y después de que el rey extrajese por medio del ternero el alimento destinado a todas las criaturas, el resto de los convidados recibirán por turno, a través de aquella leche, la esencia de sus poderes respectivos.

En su papel de donador y distribuidor de riquezas, el rey confirma la jerarquía de rangos al otorgar a cada uno los bienes que le pertenecen por derecho según su dignidad. En esto consiste fundamentalmente su misión, para cuyo cumplimiento inmediatamente antes y después de su consagración reclama la ayuda divina invocando las fuerzas sobrenaturales garantes del buen gobierno y de la prosperidad: en una primera secuencia invoca a Brhaspati (dios patrón de la clase sacerdotal), y después a Indra (patrón de la clase guerrera), junto con Gosha y Çloka (la buena reputación), Amça y Bhaga (el reparto, la distribución) y Aryaman (dios patrón de los arios). Por esta causa las invocaciones del rey, además de revestirlo de la esencia sacerdotal y la fuerza guerrera propias de las dos funciones sociales superiores, ofrecen la ocasión para apropiarse, en nombre de las ofrendas debidas a estas divinidades, de todos los alimentos y de todas las riquezas del Mundo, lo cual no es sino competencia de la tercera función productiva. Mas, si así es como revierten en el rey consagrado la totalidad de los bienes producidos por la Tierra, las contrapartidas que el pueblo exige a la realeza imponen un movimiento de retorno de los bienes acumulados, a lo que el rey debe responder redistribuyendo justa y generosamente: después de elogiado, el rey dona. Da directamente, en primer lugar, y especialmente, a aquellos que lo alabaron; después colectiva e indirectamente, por mediación de la Vaca de la Abundancia que el doma, da a todos aquellos que lo soliciten, a todos sus súbditos, a toda la jerarquía de los seres… da por gratitud y por naturaleza (Dumézil 1943: 56).

Sin embargo, si el rey tiene la facultad de confirmar mediante estos dones redistribuidos el sistema de rangos, no es sino porque su propio rango fue previamente ratificado en el transcurso del ritual por el poder del *kens- (sánscrito çams- “loar, pronunciar un elogio de”). La noción expresada por este término refiere el uso de la “palabra cualificante” con fines clasificatorios o, dicho de otro modo, el empleo del juicio de valor como medio mediante el cual se construye la jerarquía de los seres.
El origen mítico de la palabra cualificante remonta en India al nacimiento, a partir del zumo del Soma, de los dos primeros poetas panegiristas Suta y Magadha, los miembros de la clase sacerdotal encargados de elogiar al candidato al trono antes de su aspersión, pero también de censurarlo públicamente más tarde si no se atiene a los deberes del cargo. EL término védico que traduce el oficio de los panegiristas, çamsa (> *kens-), expresa el poder constrictivo de la palabra verdadera que, al mismo tiempo que destina a los seres a una misión, o a un puesto en el universo, también les da los medios morales y físicos correspondientes. Así pues, en virtud de las propiedades mágicas del elogio ritual emitido por el bardo panegirista, el rey loado adquirirá todas las cualidades que se esperan de su dignidad. En el caso de Prithu, las primeras virtudes que manifiesta inmediatamente después de la alabanza son la justicia, la valentía y la generosidad: es justo cuando, después de sacrificar a los dioses y retribuir a los sacerdotes, compensa también al pueblo devolviéndole los medios de subsistencia; es valiente cuando combate y conquista la Tierra, y es generoso cuando reparte equitativamente el producto de aquella. Después de todo, no son sino estos los principales requisitos exigidos al soberano como garantía de la prosperidad y de la armonía de su reino, lo que explica, por otra parte, que las faltas del rey indigno produzcan efectos devastadores para el orden social y natural, el caos absoluto.

Pero el hecho de que el valor de la palabra es ambivalente, en el sentido de poder ser imprecatoria al mismo tiempo que elogiosa, ofrece a la comunidad, a través de la clase sacerdotal, un instrumento de control sobre sus dirigentes: puesto que la palabra verdadera (verdad y justicia son un mismo término en sánscrito) posee el poder de resituar las cosas y los seres en el lugar que les corresponde, la pronunciada por el poeta como crítica al rey injusto posee el efecto inmediato, mágico, de su deposición. La reparación del caos producido por el vacío de poder consiste entonces en volver a situar al rey en el lugar que le corresponde, lo que se efectúa por medio de la “apreciación cualificante y pública” que forma parte del rito de consagración. Sin embargo, tras el elogio poético y la aprobación pública del aspirante proclamado, este no se mantiene en el cargo más que sometiéndose regularmente a esa alabanza sancionadora que debe acompañar al gobernante a lo largo de todo su reinado. Junto a esta palabra laudatoria constantemente renovada, la crítica descalificante del rey indigno responde, al cabo, a la inspección atenta a la que la sociedad somete la conducta de sus soberanos. (la figura del bufón en las cortes medievales, el único a quien se consiente hacer mofa pública del rey, posee un lugar equivalente al de estos antiguos sacerdotes panegiristas y al bardo satirista irlandés)

La alabanza pública, por otra parte, no puede dejar de relacionarse con el carácter electivo de la realeza inaugurada por Prithu. Dejando a este rey al margen por un instante, quien no podía ser loado por un pasado del que carecía en el mito, los candidatos a la realeza necesitan exponer sus méritos a la opinión pública para ser proclamados reyes, de manera que el panegírico de la consagración, además de su poder para crear buenos gobernantes, también evalúa las virtudes innatas de los pretendientes para ser sometidas a la aprobación o a la descalificación del pueblo (papel de los comicios en la monarquía romana).
La generosidad es una de las virtudes más apreciadas por sus súbditos, y el mito hace hincapié sobre las especiales relaciones que vinculan a Prithu con los Ashvin, los dioses de la tercera función, y con sus protegidos agricultores y ganaderos. Todo parece indicar, en consecuencia, que frente a otros grandes soberanos que accedían al trono por derecho hereditario, sin elección previa y, por tanto, sin necesidad del refrendo popular, la consagración del primero rey electo representa no sólo una modalidad diferente de realeza fundada en la buena reputación y en los méritos del gobernante, sino precisamente aquella que sella el pacto con la tercera función, es decir, la que se ve en la necesidad de apoyarse en la opinión pública para su propia constitución.

Los miembros de la tercera función (el pueblo llano) se introducen en la sociedad global en un nivel ciertamente subordinado, pero no sin Justicia. Es más, a parte de reconocérseles sus propias parcelas de actuación, también poseen representantes o valedores de sus derechos en los niveles más elevados de la jerarquía, pues así cabe interpretar el papel del poeta satirista, como por otra parte también sugiere la actitud especialmente solidaria con la tercera clase funcional mostrada por el dios Mitra en la teología védica. En efecto, frente a Varuna, que representa el aspecto de la Soberanía más próximo a los valores de la clase guerrera por su carácter arrebatado y violento, el soberano Mitra, personificación misma del “contrato”, manifiesta no sólo una mayor afinidad con la clase sacerdotal por su papel fundamentalmente arbitral y pacificador, sino también una significativa inclinación hacia la clase productiva. El poder espiritual representado por Mitra es el medio a través del cual la jerarquía nivela la balanza de los poderes, porque funciona en general como moderador del poder temporal y, en particular, como protector de los grupos inferiores subordinados.

En estos aspectos la teoría india del poder se asemeja a la de los sistemas clásicos de jefatura, como ya se dijo, en los mecanismos ideados para mantener el equilibrio entre los diferentes grupos sociales y para evitar la tiranía, puesto que en ningún de los casos se concibe el sometimiento de la masa del pueblo sin el ofrecimiento del mismo tipo de contrapartidas: justicia y generosidad, fundamentalmente.

Censo y censura
Como es sabido, el primer censo romano consistió en la elaboración de listas de ciudadanos, con sus respectivos honores et onera (honores y responsabilidades políticas y militares) para su distribución en clases fundadas en la dignitas y en la fortuna, dos cualidades a las que se accede por mérito y que permiten su evaluación tanto para la promoción como para la degradación social. Aunque es más que posible que la analística romana atribuya anacrónicamente a Servio Tullio, segundo rey de la dinastía etrusca, una institución netamente republicana, lo único que nos interesa ahora es constatar el hecho de que la noción fundamental del census romano se explica por la misma raíz ide. *kens- de la que proviene el sánscrito *çamsa-, y que censura no proviene sino census: lat. cens- situar (un hombre, un acto o una opinión, etc.) en su justo lugar jerárquico […] mediante una justa estimación pública, por elogio o reprobación solemne (Dumézil 1943: 25).
En la construcción legendaria de la figura de Servio Tullio es por tanto consecuente que se haya convertido a este rey en el primer monarca promovido al regnum por la laudatio o alabanza pública (en los comicios), el primer ejecutor de un censo ciudadano y también en el “primer censor y custodio de la moral y de la virtud”, según Plutarco. Durante la República los censores fueron los encargados de la elaboración del censo general cada lustro y de escrutar la moral de todos los ciudadanos y la honorabilidad de los senadores, tras lo cual podían emitir una “nota censoria”, una reprobación pública (ignominia) que podía privar al infractor de sus honores, de la dignidad necesaria para desempeñar cargos públicos, degradarlo a la clase censitaria más baja, etc.

Cualidad, honor, dignidad, fama, reputación, alabanza, reprobación, sátira, deshonra, ignominia, etc., son todas nociones incluidas en el campo semántico de la Censura, un campo especializado en la calificación moral de las personas para decidir quien merece y quien no la respetabilidad del grupo que se da a sí mismo unas normas que exige acatar so pena de ser “censurado”. Pero dentro de la respetabilidad, también es una valoración de méritos que establece diferencias de estatus jerárquicos entre los individuos, a quienes se califican y atribuyen diferentes rangos en función de sus virtudes y valía, siempre consideradas conforme a la moral dominante.
Así fue y así sigue siendo, aunque no creo que siempre e irremediablemente debido a una “necesidad cósmica”, pues no todas las comunidades son jerárquicas y, las que lo son, podrían dejar de serlo.

BIBLIOGRAFÍA
Benveniste, E., 1983: Vocabulario de las Instituciones Indoeuropeas. Madrid
Dumézil, G., 1943: Servius et la Fortune. Essai sur la fonction sociale de louange et de blame et sur les éléments indo-européens du cens romain. Les mythes romaines II. Paris
– 19682: Mythe et épopée I. L’ideologie des trois fonctions dans les épopées des peuples indo-européens. Paris
– 1970: Los dioses de los indoeuropeos. Barcelona
Pieri, G., 1968:L’Histoire du Cens Jusqu’a la fin de la Republique Romaine. Publications de l’institut de droit romain de l’Université de Paris, XXV. Paris
Sahlins, M., 1988: Islas de historia. La muerte del capitán Cook. Metáfora, antropología e historia. Barcelona

MAS.

Anuncios
A %d blogueros les gusta esto: