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UNA VICTORIA PERDIDA (Vilcapugio 1813) por Egho. 13 agosto 2008

Posted by paxceltibera in 02. DE LOS PUEBLOS DEL MUNDO.
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INTRODUCCION

En Febrero de 1813 las noticias de la derrota de Salta caen como balde agua helada en Lima.
Para el gobierno del virreinato del Perú no tienen explicación alguna dos desastres militares seguidos teniendo en cuenta la superioridad de las tropas realistas y cae en la desazón.
El Virrey Fernando de Abascal desaprueba la capitulación de Pío Tristán ante Manuel Belgrano después de las derrotas de Tucumán y Salta y rechaza el armisticio de 40 días propuesto por José Manuel de Goyeneche al jefe patriota.
El virrey considera que Goyeneche cuenta con suficientes tropas como para mantener el dominio del Alto Perú: 3.000 infantes, 1.000 de caballería, 300 artilleros y armamento para otros 3.000 soldados. Goyeneche que ha quedado desconcertado por el desastre de Salta recibe en su cuartel general de Potosí un escueto mensaje del general Pío Tristán, escrito en francés, donde le recomienda retirarse en dirección al norte.
Goyeneche convoca a su estado mayor a una junta de guerra donde se decide abandonar Potosí y toda la provincia de Charcas para replegarse hacia Oruro, en el norte.
El ejercito realista emprende la retirada con tal precipitación que se ve obligado a destruir gran cantidad de municiones y tiendas de campaña ante la imposibilidad de trasladarlas por falta de mulas, y libera a más de 100 prisioneros patriotas que tiene en su poder.

Belgrano también es sumamente cuestionado por la capitulación celebrada con Tristán.
El 1º de Marzo, Belgrano refuta a sus detractores en carta dirigida a Feliciano Chiclana, gobernador de Salta: “Siempre se divierten los que están lejos de las balas y no ven la sangre de sus hermanos, ni oyen los clamores de los infelices heridos; también son ésos los más a propósito para criticar las determinaciones de los jefes: por fortuna, dan conmigo que me río de todo, y que hago lo que me dicta la razón, la justicia y la prudencia y no busco glorias, sino la unión de los americanos y la prosperidad de la Patria”.

Desde Jujuy, Belgrano envía otra misiva: “quién creyera! Me escribe otro por la capitulación, y porque no hice degollar a todos, cuando estoy viendo palpablemente los efectos benéficos de ella”.
Belgrano, que había hecho jurar a los derrotados, que no volverían a empuñar las armas contra los patriotas comienza a cosechar frutos. Alude a versiones que difunden la tropa realista vencida en Salta. En su exilio hacia el norte la mayoría de los realistas, respetaron el juramento y pronunciaron loas a la revolución y al comportamiento del ejército patriota, predisponiendo a las poblaciones del Alto Perú a la insurrección. Muchos de ellos imbuidos de ideas nuevas, fue voz pública que empezaron a promover conferencias y juntas clandestinas, de cuyas resultas divulgaron especies subversivas que no dejarían de influir en la sensible deserción que menguaba las filas del ejército real”.
La desmoralización comenzó a cundir en las filas realistas, entre Marzo y Mayo se registran alrededor de 1.000 desertores, que en su Mayor parte se pasaron al ejército patriota.

Las deserciones preocuparon a Goyeneche que vio raleadas sus filas.
La capitulación de Tristán obligaba a los soldados y oficiales realistas a no tomar las armas nuevamente contra los ejércitos patriotas.
Goyeneche, que no aceptaba los términos de esa capitulación logró que muchos capitulados se concentren, antes de llegar a Oruro, en el cercano poblado de Sepulturas.
Allí llegaron varios centenares de soldados realistas aguardando la presencia de Goyeneche y su estado Mayor, que no tardaron en aparecer.
El jefe realista, sin desmontar, se dirigió en arenga a los soldados y con gesto enérgico y vehemente les dijo saber que; “el arzobispo de Charcas y el obispo de La Paz los había absuelto de su juramento”, incitándolos a empuñar las armas y unirse a sus tropas.
Un testigo presencial comentó que; “se produjo un profundo silencio entre tropa. Las filas se movieron, y una regular cantidad de hombres se adelanta. En total, son 7 oficiales y unos 300 soldados los que aceptaron la propuesta, el resto desoyó la invitación, negándose a quebrantar su juramento dispersándose por el Alto Perú”
Con la tropa leal a la corona Goyeneche formó un cuerpo especial, al que bautizó Batallón de la Muerte.
Mientras tanto, el gobierno de Buenos Aires exhorta a Belgrano a proseguir la marcha hacia el norte aceleradamente, aprovechando el desconcierto de los realistas tras la derrota de Salta.
Pero el jefe patriota decide respetar la tregua de 40 días acordada con Pío Tristán, la que por otra parte le daba tiempo a mejorar su posición y ordenar sus cuadros.
Ante la insistencia de la Junta de Gobierno de Buenos Airesel 6 de Marzo, Belgrano, escribe a las autoridades justificando su negativa a avanzar: “…es la época de las lluvias en la región, y al problema de la creciente de los ríos se añade la tarea imprescindible de reorganizar el ejecito, reparar las armas y el material. Todo ello me impide volar como quisiera para aprovecharme del terror de los enemigos…después de una acción. Tanto el que gana como el que pierde queda descalabrado: así me sucede a mí”.
Por último, agrega que; “…carezco de dinero para emprender una campaña sobre un país pobre en que todo es necesario pagarlo.”
Cree que es un milagro que la tropa se mantenga impaga y contenta: “después de la acción, en estos días he dado a los soldados 4 pesos, a los cabos 5 y a los sargentos 6, rebajando sus sueldos a todos los oficiales de comandante abajo”.

Después de permanecer en Salta el tiempo suficiente para reorganizar el ejercito diezmado por las bajas en las batallas y las enfermedades, a mediados de Abril, Belgrano avanza hasta Jujuy, enviando la vanguardia hacia Potosí.
El gobierno de Buenos Aires le envía dos remesas de dinero; 80.000 pesos, a los que suma contribuciones de los comerciantes y hacendados de Salta y Jujuy, con ese recurso paga a tropa y oficiales reservando fondos para gastos de mantenimiento de la campaña a emprender.

Mediante dos oficios, del 13 de Abril y del 10 de Mayo, el gobierno de Buenos Aires incita enérgicamente a Belgrano para que acelere la campaña.
El 3 de Junio el gobierno, en un nuevo oficio, alude a la ayuda remitida a Belgrano: “Cuando el gobierno había creído puntualizadas las diferentes órdenes que ha librado para que avanzaran rápidamente las divisiones disponibles del ejército que V. E. manda, ha visto en el contexto. de su comunicación del 22 de Abril eludidas sus esperanzas, fundarlas en los auxilios que constan remitidos desde Tucumán, en los recursos pecuniarios que se han proporcionado a V. E. y en las instrucciones que se le han remitido… Tenga V. E. presente que los enemigos han tenido auxilios y proporciones para llegar descansadamente, aunque en derrota, por el despoblado, desde Jujuy hasta Oruro, y que el ejército de la patria, después de dos meses y medio transcurridos por una parálisis de sus movimientos no ha podido ocupar la villa de Potosí con 300 hombres a lo menos … ”

Esta última reconvención llega tarde, Belgrano ya había emprendido los movimientos y a principios de Mayo llega la vanguardia patriota a Potosí, desprendiendo una avanzada de 500 soldados por el camino de Oruro para observar al enemigo que permanece concentrado allí.

Mientras tanto, Belgrano se queda en Jujuy y hace que esta provincia y los pueblos de su jurisdicción, incluso los del Alto Perú recientemente liberados – como Charcas y Santa Cruz de la Sierra-, juren obediencia a la Asamblea General Constituyente que en esos momentos delibera en Buenos Aires.
A fines de Junio, Belgrano instala en Potosí su cuartel general.
Señala el general Paz en sus “Memorias” que; “Potosí es el pueblo que menos simpatía tuvo por la Revolución. Su grandeza y riqueza provenía de las minas que están a su inmediación, en el célebre cerro que lo domina; el progreso de esos trabajos se fundaba en la “mita” (tiránica ordenanza de los españoles, en virtud de la cual eran obligados los Indios, de 100 y 200 leguas de distancia, a venir a Potosí a trabajar 3 años en las minas, donde morían muchísimos) y otros abusos intolerables que un sistema más liberal debía necesariamente destruir; eran, pues sus intereses, en cierto modo, que hacían inclinar la opinión (a que debe agregarse el inmenso número de empleados dé la Casa de Moneda y Banco de Rescate) a favor de la causa real, o lo que es lo mismo, en la conservación de la antigua opresión”.

PEZUELA ASUME EL MANDO

Poco tiempo antes, el ejército de Goyeneche había abandonado Potosí en precipitada retirada. Desmoralizado, el jefe realista eleva su renuncia al virrey de Lima después de una destemplado intercambio epistolar.
Abascal deseaba destituirlo pero lo detiene el afecto que profesan a Goyeneche – que era americano – el grueso de las tropas realistas mayormente compuestas por nativos. Finalmente, Goyeneche se retira, delegando interinamente el mando en su segundo, el Brigadier Juan Ramírez, quien se apresura a convocar una junta de guerra donde anuncia a sus lugartenientes que ha resuelto reanudar las operaciones y atacar a las fuerzas patriotas emplazadas en Potosí.

Un coro de murmullos de desaprobación se alza en la reunión.
Los jefes del estado mayor entienden que la decisión de Ramírez es inapropiada, importa arriesgar los escasos efectivos antes de la llegada de los refuerzos esperados.
Algunos oficiales señalan que Cochabamba debe ser resguardada, resultando suicida emprender la marcha hacía el sur dejando un peligro en las espaldas.

Ramírez insiste en sus propósitos desechando las opiniones de sus oficiales, y ordena el avance.
Pero a los pocos días, encontrándose a mitad de camino entre Oruro y Potosí, en Cochabamba se produce una sublevación, obligándolo a retroceder con premura, extenuando hombres y cabalgaduras.

El 19 de Julio arriba al Alto Perú el General Joaquín de la Pezuela, que asume el comando de los ejércitos relistas en esa zona.
Trae consigo los refuerzos enviados desde Lima, que resultan magros: apenas 10 piezas de artillería, 400 fusiles y 360 soldados. Pero en poco tiempo consigue elevar el numero de sus efectivos a 4.600 hombres.
Belgrano en su cuartel general de Potosí se aboca a fortalecer y organizar su ejercito, insistiendo en levantar la moral de la tropa. “Forma un nuevo regimiento de caballería en Cochabamba; crea un tribunal militar encargado de reprimir la actividad subversiva de la oposición interna potosina, recluta más fuerzas en Chuquisaca y en la misma Potosí. Todo esto, sin perder de vista los problemas administrativos, ya que como capitán general debe ocuparse de ellos. Divide en 8 provincias al Alto Perú, en lugar de las 4 tradicionales. Nombra Gobernador de Potosí al coronel Apolinario Figueroa; de Cochabamba, al Coronel Juan Antonio Alvarez de Arenales, y de Santa, Cruz de la Sierra, al Coronel Ignacio Warnes. Para la presidencia de Chuquisaca es designado desde Buenos Aires el Brigadier Francisco Antonio Ocampo.”
Belgrano se encarga de regularizar la hacienda pública, con la que logra cubrir ampliamente las necesidades del ejército. Rehabilita la Casa de Moneda, que había sido saqueada por Goyeneche al retirarse. Todo comienza a tomar un carácter de orden y moralidad, altamente útil para aquellos pueblos y al progreso de la causa de la Revolución. Al respecto señala Paz en sus Memorias: “Preciso es decirlo francamente: la causa de la revolución bajo la dirección del general Belgrano, recuperó en la opinión de los pueblos del Perú lo que había perdido en la administración del señor Castelli”.
Las sólidas cualidades del prócer de Mayo le granjearon la estimación y el respeto de los pueblos del Alto Perú.

Las damas patriotas de Potosí, que lo agasajan constantemente, quieren que lleve de ellas un recuerdo duradero, en memoria y agradecimiento de la libertad dada, por él, le obsequian una lámina de plata cincelada cuyo valor es de 7.200 pesos fuertes. Belgrano acepta el presente pero lo dona al Cabildo de Buenos Aires.

Hoy el pueblo de Potosí guarda, como apreciado recuerdo del prócer, la bandera que uso Belgrano en la batalla de Tucumán (Blanca con una franja azul en el centro y el sol Inca)

VISPERAS DE LA BATALLA

El 5 de Septiembre de 1813 el ejército patriota emprende su marcha hacia el norte desde Potosí.
Son 3.500 hombres con 14 piezas de artillería, divididos en 6 batallones y un regimiento de caballería. Pero las falencias todavía son muchas; hay muchos reclutas nuevos y la artillería es deficiente, los hombres apenas tienen abrigos y escasean las mulas para conducción del parque.

En Chayanta, un caudillo de fuerte ascendencia entre la población Indígena, el Coronel Baltasar Cárdenas, recibe Instrucciones de Belgrano para moverse con sus fuerzas – 2.000 indios mal organizados y peor armados – y operar juntamente con las fuerzas de Cochabamba a las órdenes del Coronel Cornelio Zelaya. Ambos tienen órdenes de sublevar las poblaciones indígenas situadas a espaldas de los realistas.
Belgrano, planea atacar por el frente.
El 27 de Septiembre, el grueso del ejército comandado por Belgrano arriba a la pampa de Vilcapugio, es una meseta circundada por altas montañas, 25 leguas al norte de Potosí.
A cuatro leguas, en Condo-Condo, aguardan las tropas realistas.
Son 4.000 hombres, reforzados con 18 piezas de artillería.
Belgrano se limita a observar los desfiladeros que, bajando de Condo-Condo, llegan hasta la pampa de Vilcapugio. Piensa que Pezuela no tomará la ofensiva y, por su parte, espera la incorporación de las divisiones de Zelaya y Cárdenas con las que aumentarla sus efectivos hasta alcanzar los 5.600 hombres.
Cárdenas, con sus indios, se posiciona a las espaldas del ejército realista, cumpliendo así las instrucciones de Belgrano, pero un destacamento realista al mando del Comandante Saturnino Castro le cierra el paso.
En cuanto avista a los indios de Cárdenas, Castro se lanza con ímpetu sobre ellos y los dispersa por completo.
La breve pero eficaz acción permite a los realistas cortar las comunicaciones entre el campamento de Belgrano y las tropas patriotas de Cochabamba. Además, entre los papeles que se le secuestran a Cárdenas, aparecen las instrucciones de Belgrano.
El plan patriota – encerrar en un movimiento de pinzas a las tropas realistas – llega así a conocimiento del General Pezuela y éste decide pasar a la ofensiva antes de que la columna del coronel Zelaya ataque o se reúna con las fuerzas de Belgrano.

Septiembre 29. Pezuela se pone en marcha con sus tropas y ordena a Castro que permanezca a retaguardia en la localidad de Ancacato y se le incorpore el 19 de Octubre, en el campo de batalla.


Septiembre 30. Hora 12. Las tropas del General Pezuela escalan fatigosamente la cuesta. Del otro lado aparecerá la pampa de Vilcapugio donde Belgrano, ignorante de este movimiento, espera confiadamente comunicaciones de Zelaya.
A las doce de la noche los realistas llegan a la cumbre, pero Pezuela ha tenido que dejar en el camino de ascenso buena parte de la artillería, ya que, como el jefe patriota, carece de suficientes transportes, el avance prosigue con 12 cañones.

No es necesario apelar a los anteojos para divisar al ejército enemigo. Los fuegos del campamento de Belgrano se aprecian nítidamente en la oscura y fría noche, más triste y cerrada aún por la ausencia de luna.

LA BATALLA

Dos y media de la mañana del 31 de Septiembre de 1813. Por la ladera sur van descendiendo los soldados de Pezuela. Al alba, las avanzadas patriotas advierten su aproximación y corren a avisar al general en jefe, quien se resiste en un primer momento a dar crédito al informe. Pero verificada, en contados minutos, la presencia del enemigo, Belgrano se ve obligado a aceptar la evidencia. Un cañonazo en el campo patriota da la alarma y el ejército realista recibe, a su vez, orden de aprestarse para el ataque. El sol ya asoma en el horizonte. Calienta con más fuerza que el día anterior, y bajo sus rayos las aceradas bayonetas y el bronce de los cañones brillan con intensidad.

Belgrano dispone que a la derecha se sitúe el batallón de Cazadores, emplaza el regimiento Nº 8 en el centro, dos batallones del regimiento Nº 6 están preparados en la izquierda, mientras que más atrás forma el batallón de Pardos y Morenos. Flanquean esta línea de combate dos alas de caballería. El Coronel Gregorio Perdriel permanece al frente del regimiento Nº 1, que actuará como reserva. Mudos e impotentes testigos del drama que se avecina – impotentes debido a la carencia total de armas – contemplan la escena 2.000 indios ubicados sobre los cerros, a espaldas del ejército patriota.


Los realistas han concluido el descenso y se encuentran en el llano. Al son de la música de sus bandas las columnas se ponen en movimiento. A media legua, se repliegan en batalla dividiendo su línea en tres cuerpos, con 4 piezas de artillería cada uno. Pocos minutos más y ambos ejércitos estarán frente a frente. Belgrano da orden a la artillería de romper el fuego, y Pezuela detiene el avance de sus tropas. Las dos fuerzas cruzan un nutrido fuego y el jefe patriota dispone que se cargue a la bayoneta. Apoyado su flanco por la caballería, los Cazadores chocan con el batallón de Partidarios, un cuerpo español mandado por el coronel La Hera, quien no tarda en caer muerto. El batallón realista es destrozado por completo, con la pérdida de 100 soldados, 3 capitanes y 3 piezas de artillería. Se produce entonces la dispersión total de la izquierda realista. Parecida suerte corre el centro de ese ejército, que trata de resistir el ataque de los patriotas. Al sucumbir también sus jefes, los soldados se dispersan y abandonan el campo de batalla. Del lado patriota, el Comandante Forest, del regimiento Nº 6, cae seriamente herido, pero cuando este hecho inmoviliza por segundos a los soldados, aparece de pronto Belgrano que alienta y arenga a las tropas, las que contestan con un sonoro: ¡Viva la Patria! Los patriotas ven renacer sus fuerzas y se lanzan en persecución de los dispersos. Pezuela, impotente, no puede detener la tumultuosa fuga.

Once y media de la mañana. El jefe español se encuentra totalmente anonadado al ver perdida la batalla.
Nuevamente Belgrano logró vencer en el centro y en la derecha; mientras en el costado izquierdo se combatía con gran ardimiento.
En sus memorias el entonces capitán José María Paz indica: “Nuestra ala derecha y la mayor parte del centro habían triunfado del enemigo que tenían al frente, poniéndolo en completa derrota y tomándole su artillería. El mismo Pezuela dando por perdida la batalla, había fugado hasta Condo-Condo, de donde lo hicieron volver las noticias que le llevaron de su ala derecha”.
De pronto, observa con estupor que los criollos se baten en retirada.
No tarda en recibir el aviso de que su derecha se sostiene valerosamente y con ventaja en el campo de batalla. ¿Qué ha ocurrido? En las filas patriotas se acaba de oír un toque de clarín llamando a retirada. El toque paraliza a los soldados que, al volver sus cabezas, creen ver – según unos – el ala derecha del ejército totalmente destrozado; según otros, una fuerza enemiga sobre el flanco. El hecho es que el pánico se generaliza, y a los gritos de “¡al cerro!, ¡al cerro! ”, la mayor parte de las fuerzas abandona, desordenadamente el campo de batalla. Hasta el día hoy nadie ha encontrado razón alguna en la conducta del corneta al tocar retirada sin haber recibido orden alguna en ese sentido, más aun cuando la batalla estaba ganada.

La oportunidad es rápidamente aprovechada por Pezuela que, inmediatamente, ordena reagruparse a sus batallones. Su ala derecha, a las órdenes de Olañeta y Picoaga, ha chocado con furor contra la izquierda patriota, que se ve obligada a retroceder. El Coronel patriota Benito Alvarez, jefe del regimiento Nº 8, se pone a la cabeza de sus hombres tratando de variar la suerte de las armas, pero un balazo lo arranca de la cabalgadura y cae muerto instantáneamente. Con rapidez se acerca el Mayor Baldón para tomar su puesto, pero otro plomo acaba también con su vida. Entre los oficiales que quedan, el más antiguo es el Capitán Villegas, quien se apresura a tomar el mando de la columna. No llega a hacerlo. Cae muerto en pocos segundos. El Capitán José Apolinario Saravia lo sustituye y, cuando monta en su caballo para ponerse al frente de los soldados, una bala le hace impacto en el pecho. Saravia cae herido, confundiéndose su cuerpo con los cadáveres que cubren el terreno. Ya sin jefes, la columna patriota retrocede y se mezcla confusamente con uno de los grupos de la reserva. Ambas fuerzas se dejan ganar por el pánico y huyen; los soldados abandonan la artillería y se refugian algunos en el cerro cercano, mientras otros prosiguen la fuga en dirección a Potosí. Por otra parte, hace escasos minutos que ha aparecido con sus tropas en el campo de batalla el comandante realista Castro. El refuerzo permite a, Olañeta y Picoaga – que en esos momentos cuentan con sólo 600 soldados – proseguir la persecución. Castro acuchilla a los pocos dispersos que aún ofrecen resistencia. El Ayudante Mayor del regimiento patriota Nº 8, Domingo Saravia, busca, con desesperación a su hermano José Apolinario, a quien ve de pronto entre los muertos. Se inclina para abrazarlo, y cree ver en el cuerpo un destello de vida. Con rapidez lo alza y lo coloca en una mula, salvándolo en definitiva, y se incorpora al resto de las tropa.

¿Qué habia sucedido allí? Una carta del capitán José María Somalo escrita tres días después explicó: [i]“El señor General tuvo ganada la acción, pues logró con el Nº 6, Cazadores y Pardos, destrozar al enemigo, pero la reserva de éste cargó sobre el Nº 8 y a éste fue a auxiliarlo el Nº 1, que no desplegó bien: de aquí resultó la confusión, que pudo haber causado el toque a retirada por un irresponsable clarín, con lo que se retiraron a un cerro los nuestros”.


En efecto: el batallón 8 – de nueva creación -, compuesto en su mayor parte por reclutas, se desordenó ante el empuje realista; y al acudir en su apoyo el Regimiento 1 para restablecer el combate, quedó envuelto en su dispersión: vaciló y comenzó a replegarse.

La derecha y el centro acompañaron este movimiento: un funesto toque de “retirada” – que nunca pudo establecerse de dónde partió – hizo que la infantería y la caballería triunfantes retrocedieran, mientras Belgrano intentaba reunir a los dispersos agitando la bandera desde una pequeña elevación. Fueron inútiles sus esfuerzos y se pronunció la derrota, aunque Pezuela no la aprovechó pues no hubo persecución.

La ya citada carta de Somalo refiere: “Según mi cálculo a pesar de lo que hemos padecido no hay cuidado”, “ha sido mucha la dispersión del enemigo”. Pudo salvarse la mitad de la artillería, y el Ejército se retiró a Potosí. Aquí Belgrano procedió a reorganizarlo.

Una revista de sus fuerzas, efectuada en Macha el 30 de octubre, daba un total disponible de 1.883 hombres. Según la misma formaban el Regimiento 1, 10 capitanes, 8 tenientes y 15 subtenientes, 21 sargentos y 34 cabos, 14 tambores y 325 soldados, haciendo un total de 394 efectivos. Similar el Nº 6 con 346 hombres, la escolta 354, y Pardos 196. En la caballería, 211 Dragones y 219 Cazadores. La compañía de Socaba contaba 76 miembros.


LA RETIRADA DE BELGRANO

Mientras tanto, Belgrano ha tomado entre sus manos la bandera nacional. Ordena tocar a reunión a los pocos tambores sobrevivientes y, respondiendo al llamado, una escasa fuerza se une al general en jefe, quien se retira hasta lo alto de un cerro. Desde allí sigue llamando a sus tropas, logrando reunir unos 200 hombres, con los que intenta vanamente reanudar el combate. El enemigo, que ha recuperado su parque de artillería y no cesa de cañonear la posición de Belgrano.

Dos de la tarde. Comienzan a regresar al campo parte de los fugitivos del ejército realista y se reincorporan a sus batallones. La suerte de la jornada queda irrevocablemente fijada. Ahora los patriotas no pueden pensar en proseguir la lucha sino en salvarse de una completa destrucción. Así lo comprende Belgrano y acuerda con Díaz Vélez que éste tome la ruta de Potosí para reunir los hombres que se han dispersado en aquella dirección, mientras él se dirige a Cochabamba, con el resto para buscar la incorporación de Zelaya, colocándose a espaldas del enemigo.

Tres de la tarde. Belgrano decide comenzar la marcha y, dirigiéndose a sus soldados, que a la sazón suman ya unos 400, les dirige estas palabras: “Soldados: hemos perdido la batalla después de tanto pelear; la victoria nos ha traicionado pasándose a las filas enemigas en medio de nuestro triunfo. No importa. Aún flamea en nuestra manos la bandera de la Patria”.

Se inicia, la retirada, penosa por muchas circunstancias: la noche, ya, cercana, amenaza con ser muy fría y venir acompañada de una nevada. A poco andar se incorpora, a la columna un escuadrón de Dragones con los que logran reunirse cerca de 500 hombres. La marcha continúa silenciosa en medio de la oscuridad. La tropa, acosada por el frío, se encuentra rendida de fatiga y hambre. Así relata el general Paz la retirada: “Caminamos el resto de la tarde y llegamos al anochecer a un lugar árido, llamado El Toro, que dista 3 leguas de Vilcapugio, y donde sólo había uno o dos ranchos inhabitados. Es la primera vez que comí carne de llama; la noche era extremadamente fría y sólo habíamos escapado con lo encasillado. Había oficiales que se tuvieron por felices de hallar un cuero de llama, chorreando sangre, en qué envolverse… Al día siguiente se continuó la marcha, llevando mi regimiento (los Dragones) la retaguardia. A poco trecho del lugar en que habíamos pasado la noche, se presentaba una cuesta larga, pendiente y muy arenosa; a la fatiga de la ascensión se agrega la de enterrarse un palmo los pies en la arena; cuando menos, era preciso un par de horas para subirla, atendido el estado de nuestros caballos, los que iban tirados por la brida y los jinetes a pie, prolongando inmensamente la columna. Yo subí de los últimos y me maravillé de no encontrar ni jefes, ni general, ni infantería, ni columna, ni cosa que se pareciese a una marcha militar. Todos, desde que hubieron llegado a la cumbre desde donde seguía el camino por unas alturas que presentaban menos quiebras, habían continuado sin parar y sin esperar a los demás, de modo que el pequeño ejército se redujo a una completa dispersión… y después de ser muy de noche y haber fatigado nuestras cabalgaduras, llegamos a un pueblecito llamado Caine, donde por fin supimos que estaba el General. Nos metimos en un rancho y pasamos la noche. Al día siguiente el General, de cuyos movimientos estábamos todos pendientes, no marchó; antes, por el contrario, empezó a destacar oficiales que recorriesen los alrededores y volviesen por el camino del día anterior, para indicar que allí estaba él y que allí debían reunirse. Es seguro que esa mañana (3 de Octubre) no había 100 hombres en Caine, de los 500 que estuvimos en El Toro; pero fueron llegando partidillas, de modo que por la tarde había cerca de 300… Todo el día 3 pasamos en Caine; el 4 sólo anduvimos una legua, hasta el pueblito de Ayohúma, dando siempre tiempo a que se reuniesen los dispersos. El 5 anduvimos 3 leguas y llegamos a Macha, pueblo de bastante extensión, donde se fijó el cuartel general”.
La ya citada carta de Somalo refiere: “Según mi cálculo a pesar de lo que hemos padecido no hay cuidado”, “ha sido mucha la dispersión del enemigo”. Pudo salvarse la mitad de la artillería, y el Ejército se retiró a Potosí. Aquí Belgrano procedió a reorganizarlo.

Una revista de sus fuerzas, efectuada en Macha el 30 de octubre, daba un total disponible de 1.883 hombres. Según la misma formaban el Regimiento 1, 10 capitanes, 8 tenientes y 15 subtenientes, 21 sargentos y 34 cabos, 14 tambores y 325 soldados, haciendo un total de 394 efectivos. Similar el Nº 6 con 346 hombres, la escolta 354, y Pardos 196. En la caballería, 211 Dragones y 219 Cazadores. La compañía de Socaba contaba 76 miembros.


Para entonces, es posible evaluar ya las pérdidas: 300 muertos, entre ellos muchos buenos oficiales, más de 400 fusiles y la mitad del parque de artillería, salvándose únicamente 1.000 hombres entre los reunidos en Macha y Potosí, pues los demás se han dispersado. El enemigo, sin embargo, no queda mejor; sus pérdidas no bajan de 550 muertos y heridos, habiendo sufrido una gran dispersión por la persecución patriota a raíz de la huída del centro e izquierda. Esto, unido a la falta de cabalgaduras, induce a Pezuela a no perseguir a los patriotas, manteniéndose inmóvil por algún tiempo.

El desastre de Vilcapugio circula por la región con asombrosa rapidez. Los primeros dispersos llegados a Chuquisaca anuncian al gobernador Ocampo que todo está perdido. Luego se sabe que Díaz Vélez se encuentra en Potosí a la cabeza de un cuerpo de tropas, y que el general Belgrano está situado con el resto del ejército sobre el flanco izquierdo del enemigo. Entonces se comprende que el desastre no es irreparable.

La Mayor parte de los dispersos que huyeron por el camino de Potosí se reúnen en esta ciudad bajo las órdenes de Díaz Vélez, quien después de separarse de Belgrano en Vilcapugio llega a reunir 400 de los dispersos que siguen aquella ruta y marcha con ellos hasta Yocalla, a 6 leguas de Potosí, donde encuentra al coronel Aráoz con otros 500 hombres. Ambas columnas forman unidas una fuerza de 900 soldados que, aunque desmoralizados por la derrota, pueden sostenerse fortificándose en la ciudad.

Pezuela se limita a destacar a Olañeta con su batallón de cazadores por el camino despoblado, y a Castro con su escuadrón por el de Potosí, mientras el resto del ejército realista se repliega a Condo-Condo. Castro desafía a Díaz Vélez que se sostiene con firmeza en Potosí y quien logra que los realistas se replieguen al fin a sus posiciones de Condo-Condo.

En los días posteriores Pezuela recibe más refuerzos de Lima, mientras Belgrano trata de reorganizar sus desmoralizadas tropas.
Vendrá luego el capítulo final de la campaña del Norte con la derrota de Ayohuma y la pérdida del Alto Perú, hasta que Bolívar y Sucre -once años después- en Junín y Ayacucho aseguren la independencia de Sud América del imperio Español.
MAS

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