jump to navigation

CASTRAMENTACIÓN ROMANA: UN APRESURADO REPASO Y ALGUNOS EJEMPLOS PRÁCTICOS por Hannon. 24 junio 2008

Posted by paxceltibera in 01. DE LOS PUEBLOS DE LA PENINSULA IBERICA.
trackback


(Iª PARTE)

Introducción

Es bien sabido que las generalizaciones siempre conllevan ciertos peligros, y los campamentos romanos no nos van a ofrecer ninguna excepción a esta regla. Espero por tanto que se comprenda la dificultad con la que he abordado el tratamiento de este tipo de construcciones militares romanas resumiendo hasta lo ridículo lo dicho por diferentes autores, quienes a su vez han estudiado diferentes periodos históricos y diferentes tipos de recintos campamentales, lo cual, teniendo en cuenta la amplitud del marco histórico que ofrece el mundo romano, resulta poco menos que temerario limitado, como lo estoy, por el tiempo disponible para esta altruísta labor. Insistiendo en la dificultad, baste recordar que los autores clásicos mezclan distintos períodos, y los autores modernos no se ponen de acuerdo en muchos aspectos. Afortunadamente, la arqueología se está mostrando bastante activa en los últimos años, abordando de manera frontal el estudio de recintos militares que han ido apareciendo recientemente, mención especial para los de periodo republicano. El esfuerzo de algunos especialistas y sus sufridos equipos (entre los que tuve la fortuna de haberme encontrado en alguna ocasión), ha permitido recabar nuevos datos que van arrojando un poco de luz al panorama general.

Sirvan estas líneas que se perderán en el maremágnum que hoy es internet de informal homenaje a todos ellos: los arqueólogos profesionales y espacialmente a aquellos estudiantes y aficionados anónimos que se dejan sus vacaciones veraniegas excavando en cualquier punto de la geografía peninsular, soportando calor, frío o lluvia sin rechistar, muchos de ellos sin más motivo que la satisfacción personal que les proporciona entrar en directo contacto con la Historia.

¿Cuál es el origen del campamento romano?

Actualmente sigue sin conocerse el origen de la costumbre romana de levantar campamentos de marcha. Como viene siendo habitual en el estudio de la Historia Antigua, los autores suelen buscar referencias entre los autores clásicos… griegos y romanos, por supuesto. Así, según Frontino, los romanos de inicios de la República se agrupaban en cabañas por cohortes, y sólo después de derrotar al rey Pirro del Épiro y capturar su campamento adoptaron esta práctica copiando el modelo. Sin embargo, Plutarco asegura que Pirro quedó asombrado por la apariencia del campamento romano al percatarse de que la disposición del campamento de aquellos «barbaros», no era «bárbara». No sería éste el único enemigo de los romanos que quedaría admirado por el orden de sus campamentos; Livio nos relataba como el rey Filipo V de Macedonia: «Al ver allá abajo el campamento romano quedó admirado, dicen, tanto del aspecto de conjunto del mismo como de la distribución de cada una de sus partes, con las tiendas en hilera y las calles a intervalos regulares, y aseguró que aquel campamento no le podía parecer a nadie el de unos bárbaros» (Liv. XXXI, 34, 8). Sean o no verídicos estos relatos, dejan claro que el campamento romano republicano contaba con la presencia de elementos griegos en su construcción, siendo bastante probable que influyeran en su aparición «la ciencia augural y la técnica de castramentación de los agrimensores, ambas de origen etrusco, y relacionadas con la fundación de colonias y ciudades de nuevo trazado o con los repartos de tierra» (Peralta, 2002, p. 58). Pero no debemos detenernos aquí, puesto que otros ejércitos anteriores habían destacado por su organización a la hora de acampar. Así, sabemos de los campamentos rectangulares de los asirios, o de los ordenados campamentos persas, de los que Jenofonte nos informa con cierto detenimiento. Es probable que las técnicas orientales fueran adoptadas por el mundo fenicio-cartaginés y cuando estos últimos entraron en contacto con los romanos, permitieron adaptar muchas de aquellas estructuras a las necesidades de los militares itálicos. Para constatar la influencia púnica en la castramentación romana, basta recordar que el vocabulario militar romano incluía un tipo de foso denominado fossa punica. No menos importantes fueron, tanto para romanos como para cartagineses, las innovaciones técnicas del mundo helenístico, todo ello frente a la improvisación y desorganización que habían venido mostrando los griegos, quienes, según Polibio (que no lo olvidemos, fue hipparcos): «creen que lo más importante en acampar es adaptarse a los accidentes del terreno, tanto porque esto ahorra los trabajos de atrincheramiento, como porque consideran que no son comparables las seguridades creadas artificialmente con las que ofrece la naturaleza con los accidentes propios del lugar. Por esto, cuando estructuran un campamento se ven siempre forzados a variar su plano, a adaptarlo al terreno, y a modificar la distribución de sus partes, a veces en lugares poco adecuados. El resultado es que nadie tiene nunca seguro el lugar y tampoco es fijo el que corresponde a las diversas partes del campamento» (Pol. VI, 42, 2-5).

Entre los griegos, fueron los lacedemonios, como no podía ser de otra manera los que más se preocuparon la protección de sus campamentos. Así, Jenofonte asegura que fue Licurgo el que otorgó a los campamentos una forma circular, excepto cuando la seguridad estaba garantizada por una elevación, una muralla o un río, organizando además un sistema de guardias. Sin embargo, habría que esperar a la época helenística para alcanzar cierta eficacia en el acondicionamiento del campamento y en el servicio de guarnición.

En definitiva, como vemos, los campamentos romanos son fruto como otros tantos aspectos del mundo romano de multitud de influencias que irían siendo adaptadas a la organización militar romana. Pasemos ahora a hablar de estos recintos, diferenciando entre los campamentos de campaña o castra aestiva, y los campamentos permanentes y de invierno; castra stativa y castra hiberna.

Campamentos temporales (Castra aestiva)

Es bien conocida, gracias a las fuentes clásicas, la costumbre de levantar campamentos cada día que tenían los romanos, hasta el punto de que se contasen las jornadas de marcha por el número de campamentos levantados. La diferencia entre estos campamentos y los castra stativa y castra hiberna es bastante clara desde el punto de vista arqueológico, puesto que las estructuras están diseñadas con un fin muy diferente. En efecto, nos encontramos en los castra aestiva con materiales perecederos frente al uso de piedra y otros elementos más resistentes en los campamentos permanentes. Pero no sólo es la arqueología la que establece la diferencia entre ambos tipos de construcciones; nos encontramos en las propias fuentes clásicas muy frecuentemente con la denominación «campamentos de invierno», frente a los campamentos de campaña. Así, por ejemplo Tácito nos ofrece una clara diferenciación entre ambos tipos de campamentos en una de sus obras, haciendo referencia a un castris aestivis, y a un hibernis. Esto es debido a que los soldados solían preparar la campaña en invierno y comenzarla con el buen tiempo. Un ejemplo paradigmático es la campaña de Escipión en Hispania durante la guerra anibálica, donde podemos ver cómo los romanos se retiraban a Tarraco cuando llegaba el invierno, año sí, año también.

Son estas mismas fuentes las que nos han transmitido descripciones sobre estos campamentos de campaña, siendo la de Polibio una de las más famosas, si no la que más, por lo que no podemos resistirnos a reproducirla aquí:
«El campamento de los romanos es como sigue: se elige un lugar para acampar y, en el sitio más adecuado para la observación y para transmitir órdenes, se planta la tienda del general (praetorium). En el sitio donde se va a plantar se clava su banderín y, en torno a él, se marca un espacio rectangular cuyo centro es el banderín citado, los lados equidistan de él; miden unos cien pies; el área total resulta de unos cuatro pletros. Las legiones romanas se establecen siempre por el lado exterior de esta figura y en la dirección que parece la más indicada para aprovisionarse de agua y de forraje; el orden es el siguiente. He dicho un poco más arriba que cada legión tiene seis tribunos. Cada cónsul está al mando de dos legiones; evidentemente, serán doce los tribunos que salen a campaña con cada cónsul. Las tiendas de éstos se plantan en línea recta, paralela al lado elegido del rectángulo, a cincuenta pies de él: así queda un espacio suficientemente para los caballos, las mulas y todo el bagaje restante de los tribunos. Estas tiendas se plantan con su parte trasera encarada hacia el rectángulo en cuestión y miran hacia el exterior, parte que el lector debe considerar como anterior, el frontal de toda la figura, que es así como lo llamaremos siempre. Las tiendas de los tribunos están plantadas a la misma distancia unas de otras y de forma tal que abarcan toda la anchura de las legiones romanas.
(Polibio, VI, 27-31)

A partir de la línea frontal de esta tiendas, a cien pies de distancia se traza una recta paralela a ellas, que marca el principio de la acampada, que se hace de la siguiente manera: se divide en dos partes la recta en cuestión y, a lo largo de una perpendicular a esta línea, trazada desde su punto central, se instala la caballería de las dos legiones, frente a frente y separadas por un intervalo de cincuenta pies; la mediana perpendicular pasa por el punto medio de este intervalo. El campamento de la caballería y el de la infantería son análogos; tanto para un estandarte como para un escuadrón, el conjunto forma un rectángulo. Estos rectángulos están siempre orientados de cara a las calles (viae) y tienen una longitud de cien pies; casi siempre procuran que su anchura sea la misma, pero no en los aliados. Cuando las legiones superan la cifra más habitual, los jefes amplían proporcionalmente la anchura y la longitud.

El espacio de la caballería forma, pues, a la altura del punto medio de las tiendas de los tribunos, una especia de perpendicular a la recta indicada ahora mismo y a la superficie que se extiende delante de los tribunos, porque realmente, la apariencia de todos estos pasillos es la de una calle, ya que las compañías y los escuadrones han establecido su acampada a ambos lados y siguiendo la línea. Detrás de la caballería, que ya hemos citado y, ofreciéndole la espalda, se sitúan los triarii de cada una de las legiones, en una disposición similar; a cada escuadrón corresponde un manípulo, situados en una figura idéntica, pero éstos se tocan entre sí, orientados ambos de cara al espacio ocupado por la caballería. La anchura de cada manípulo es sólo la mitad de su longitud, debido a que los triarii en número son la mitad de las otras clases. Aunque el número de hombres no es siempre el mismo, la longitud del campamento no varía, debido a la diferencia de profundidad. Seguidamente, a cincuenta pies de distancia de los triarii y de cara a ellos, acampan los principes. Como también éstos están orientados hacia los espacios intermedios que hemos citado, de nuevo se forman dos calles que parten del mismo origen que las de la caballería y desembocan, paralelamente, en aquel espacio libre de cien pies delante de las tiendas de los tribunos; acaban en aquel lado fortificado opuesto a estas tiendas, que al principio expliqué que era el frontal del plano, en su conjunto. A continuación de los principes, detrás de ellos y dándoles la espalda, sin dejar espacio entre los rectángulos, se instalan de la misma manera los hastati. Puesto que hay diez manípulos en todas las clases, en virtud de la repartición inicial, el resultado es que todas las calles son de igual longitud y desembocan de la misma manera en el lado fortificado que está enfrente; los manípulos de esta extremidad están orientados hacia este lado cuando se planta el campamento.

A una distancia de cincuenta pies de los hastati y de cara a ellos, viene situada la caballería de los aliados, que empieza y acaba en las mismas líneas que los hastati. Ya he dicho antes que el número de soldados de infantería aliados es similar al de las legiones romanas, pero hay que deducir de su número a los “escogidos”; el número de jinetes es doble, aun después de deducir a los “escogidos”, que son aquí una tercera parte. Por esto, cuando forman su campo, aumentan proporcionalmente la profundidad asignada a la caballería aliada, porque intentan siempre que la longitud sea la misma que la de las legiones romanas. Pero cuando se han completado las cinco calles, sitúan entonces los manípulos de infantería aliada, al igual que los jinetes, en forma que aumenta la profundidad proporcionalmente a su número, orientados hacia la línea principal y hacia los dos flancos del campamento. En cada manípulo, la primera tienda de cada uno de ambos costados es la de los centuriones. Acampados en la forma que se ha descrito, a los dos lados el escuadrón sexto está situado a una distancia de cincuenta pies del quinto, y las filas de la infantería a distancias similares, de manera que aún se forma otra calle en medio del campamento, paralela a las tiendas de los tribunos. Es la vía llamada quintana, porque discurre entre las quintas distribuciones.

El espacio de detrás de las tiendas de los tribunos, el que queda a ambas partes de la tienda del cónsul, sirve, uno, para foro, y el otro lo ocupa el cuestor con toda su impedimenta. Y desde la última tienda de los tribunos, por cada lado, en formación divergente y orientada hacia las tiendas, acampan los “escogidos” de los jinetes y algunos de los voluntarios que van a combatir por amistad con el cónsul. Todos éstos acampan a los dos lados del campamento y están orientados, una parte, hacia el espacio reservado al cuestor y, los restantes, hacia el foro. Se trata de que no se limiten a acampar en las proximidades del cónsul, sino que, además, durante las marchas o cuando se emprende cualquier otra operación, atiendan a sus órdenes, o a las del cuestor. Dando la espalda a éstos y de cara a la estacada, vienen situados los soldados de infantería que tienen un cometido similar al de los jinetes mencionados. A continuación queda un pasaje de cien pies de ancho, paralelo a las tiendas de los tribunos, pero al otro lado del foro, del cuartel general y de los servicios del cuestor; se extiende a lo largo de tdoas estas partes del campo que he mencionado. En la parte superior de este pasaje acampan los jinetes “escogidos” de los aliados, orientados hacia el foro, la tienda del general y la del cuestor. En la mitad de la acampada de estos jinetes, a la altura del emplazamiento del cuartel general, se deja un pasaje de unos cincuenta pies, que conduce hasta el extremo inferior del campamento y que forma ángulo recto con el pasaje más ancho mencionado ahora mismo. Por su parte, los soldados “escogidos” de la infantería aliada vienen situados detrás de los jinetes citados, de cara a la estacada, el extremo posterior de todo el campamento. El espacio que queda a derecha e izquierda de estas tropas se reserva a los extranjeros y aliados que, eventualmente, puedan acudir como refuerzo.

Todo es cual se ha dicho y la figura del campamento resulta cuadrada; su distribución, sus calles y su estructura le hacen parecer a una ciudad. Entre la estacada y las tiendas hay, en todas direcciones, un espacio constante de doscientos pasos. Este espacio vacío es muy importante y muy útil. Se presta ventajosamente a la entrada y a la salida de los ejércitos; cada unidad desemboca en este espacio por sus propias calles, y así no se dirigen todos a la misma vía y no se pisan los unos a los otros. Sitúan en este lugar los animales del campamento y todo el botín arrebatado al enemigo, guardado aquí con seguridad durante la noche. Pero lo más importante es que si se da un ataque nocturno, no hay proyectil, inflamado o no, que alcance a las tropas; las excepciones son raras y, si alguna vez las alcanza, los daños sufridos son nulos, debido a la gran distancia y al contorno de las tiendas.

Ya se habrá imaginado el lector que la descripción de Polibio hace referencia más a un campamento «ideal» que a la realidad, pero es muy útil para hacerse una idea bastante general de la organización de un campamento. Además, hay algumos aspectos mencionados por Polibio que han sido contrastados arqueológicamente. Igualmente, existen una serie de elementos defensivos que se encuentran en todos los campamentos de campaña y que son mencionados por Polibio u otros autores clásicos. Así, en todos los campamentos romanos encontramos un vallum, es decir, una línea defensiva. Esta línea defensiva tenía diferentes características en función de la temporalidad y del peligro al que se enfrentaran las tropas. Generalmente se cavaban los fosos (fossa), que en ocasiones podían ser dobles (fossa duplex). Existían dos tipos de foso, los que tenían forma de V, denominados fossa fastigata, y los que tenían una pared inclinada y otra vertical, conocidos como fossa punica. Detrás de estos fosos, y generalmente con la tierra extraída de los mismos, se contruía un terraplén o agger.


fossa duplex del campamento romano de Ardoch. Se observa perfectamente la sucesión foso, agger, foso. (Fuente: http://www.undiscoveredscotland.co.uk/usbiography/abc/images/gnaeusjuliusagricola-450.jpg%5B/img)

La estabilidad del agger, que al ser de tierra se exponía a sufrir una rápida erosión, podía ser asegurada con tapines de cesped (caespites), que, al decir de Vegecio, «se recorta con herramientas hasta que se obtienen bloques de medio pie de alto, un pie de ancho y un pie y medio de largo» y mantienen «unida la tierra con sus raíces» (Veg. Epit. Re. Mil. III, 8, 8) o con rocas y bloques de piedras transportables (lapis mobilis: saxa y caementa). Vegecio comenta que los persas aprovechaban las características del suelo en el que asentaban sus campamentos y transportaban sacos vacíos que llenaban con la arena extraída del foso y posteriormente amontonan para formar una suerte de agger. Lo ideal era además que por el agger corriera una suerte de camino de ronda protegido por una empalizada de madera: el vallum, que se construía bien con las estacas que los legionarios transportaban al efecto (pila muralia) o con ramas de árboles entrelazadas y fijadas con postes (lorica). Si se consideraba necesario, también se podían acumular tierra y piedras al otro lado del foso para formar el contra-agger. Estas estacas que, como comentamos llevaban los legionarios, los pila muralia, se podían utilizar tanto para ser utilizadas en la empalizada, atadas unos a otros, como para ser hincadas en el agger o el contraagger, habiéndose encontrado algunos ejemplares en recintos militares como Oberaden y Welzheim. Al parecer era bastante habitual su utilización de tres en tres formando un abrojo.


Ejemplo de pila muralia utilizadas atadas. Por cortesía de la Legio VIIII Hispana (Fuente: http://www.legioviiii.es/)


Pila muralia utilizadas en forma de abrojos. Cortesía de la Legio VIIII Hispana (Fuente: http://www.legioviiii.es/)

Otras veces, se utilizaban simples ramas de árboles, los llamados cervoli «ciervos». Un buen ejemplo de los obstáculos que los romanos sembraban en caso de necesidad fue el asedio de Alesia por Julio César. Allí, como Quesada (2008, p. 283) recuerda, los galos se las tuvieron que ver con «estacas aguzadas en forma de astas de ciervo clavadas horizontalmente en el propio muro de asedio (cervis), dos fosos, un profundo campo de ramas aguzadas y entrelazadas (cippi); otro campo delante formado por “pozos de lobo”, estacas aguzadas hincadas en agujeros y disimuladas para empalar atacantes (lilia). Y, por fin, delante de todo, un campo de un tipo de abrojo, los llamados “aguijones” (stimuli) o puntas metálicas clavadas en estaquitas de madera a su vez hincadas en el suelo». O, en palabras del mismísimo César: «En vista de ello, creyó César que debía reforzar estas fortificaciones, a fin de poder defenderlas con el menor número posible de soldados. Así, pues, cortando troncos de árboles de ramas muy fuertes, y descortezando y aguzando bien las puntas de éstas, se abrían fosas seguidas, de cinco pies de profundidad. Metiendo en ellas aquellos troncos, que se ataban unos con otros por la parte inferior, para que no pudieran ser arrancados, quedaban al descubierto las ramas. Había cinco hileras, unidas y trabadas entre sí; quienes allí entraban, ellos mismos se clavaban en aquellas agudísimas empalizadas. Les daban el nombre de cepos. Delante de éstos, en filas oblicuas dispuestas al trebolillo, se clavaban hoyas de tres pies de hondura, que poco a poco se iban estrechando hasta el fondo. Aquí se metían estacas redondas del grosor de un muslo, aguzadas y endurecidas al fuego por la punta, de modo que no sobresalieran del suelo más de cuatro dedos; al mismo tiempo, para asegurarlas y consolidarlas, cada pie se sujetaba desde lo más hondo con tierra bien apisonada; el resto de la estaca se tapaba con mimbres y varas, para ocultar la trampa. Se colocaron ocho hileras de estas hoyas, que distaban entre sí tres pies. Les daban el nombre de lirios, por su semejanza con esta flor. Delante de todo esto había unos zoquetes de un pie de longitud, erizados de púas de hierro, que se enterraban por completo, sembrándolos por todas partes con pequeños intervalos: llamaban a éstos aguijones» (Caes. B.G. VII, 73, 2-9).


Reconstrucción del asedio de Alesia por Julio César en el Archéodrome de Beaune (Francia). (Fuente: http://pagesperso-orange.fr/miltiade/rome-gaule.htm)


Stimuli y Lilia (Fuente: http://www.catedu.es/aragonromano/artiller.htm)

Lo normal, sin embargo, era que si se acampaba en un territorio en el que no se temía un peligro inminente o no se podía dedicar demasiado tiempo a las obras, se construyera un atrincheramiento sencillo de escasa importancia, es decir, un castra levis munimenta, o sencillamente munimenta, que podía designar la construcción de un simple muro. En no pocas ocasiones, no quedaba más remedio que ubicar el campamento en cualquier lugar, son los que los romanos denominaban castra necessaria. Pero las cosas se podían poner aún peor, obligando a los soldados a levantar rápidamente los llamados castra tumultuaria, que sólo tenían fortificados los puntos más críticos. Y, por último, si el ejército no tenía tiempo siquiera de cavar el foso o la situación no lo permitía, formaba un círculo para pasar la noche (in orbiculatum figuram metatis castris). Goldsworthy (2005, p. 410), nos recuerda un episodio en el que el ejército tuvo que usar como empalizada sus propios escudos, y fue así como atraparon los cartagineses a las tropas de Cneo Escipión. Cuenta sobre esto último Livio que «entonces Escipión retiró a sus hombres del combate y una vez reagrupados subió con ellos a una colina no demasiado segura, la verdad, y menos para una tropa desmoralizada, pero que era la más elevada del contorno. Allí, con la impedimenta y la caballería colocada en el centro y la infantería formada en círculo alrededor, al principio mantenían a raya sin dificultad a los númidas lanzados a la carga contra ellos; pero después, cuando se presentaron los tres generales con sus tres ejércitos al completo y estaba claro que sólo las armas iban a ser insuficientes para defender una posición no fortificada, el general comenzó a mirar en torno y a pensar si habría alguna forma de rodearse de una empalizada. Pero la colina estaba tan pelada y era tan pedregoso el terreno que no era posible encontrar madera para cortar estacas ni tierra apropiada para el terraplén, ni para excavar el foso o cualquier otro trabajo de fortificación» (Liv. XXV, 36, 2-5).

Al margen de los fosos que habían por fuerza de rodear el campamento, no era extraño que en algunos casos los soldados se vieran obligados a construir un foso para proteger las fuentes de agua, son los denominada bracchia, de los que disponemos de un formidable ejemplo en el campamento del Pico Curriechos.


Fotografía aérea del campamento romano de La Carisa, en el Pico Curriechos (Asturias). Nótese cómo salen dos brazos del vallum formando un recinto triangular, muy posiblemente para proteger el acceso al agua.

Los testimonios de época imperial no difieren demasiado en cuanto a la costumbre de acamparse. Así Josefo, nos dice que:
«Los romanos no levantan su campamento a la ligera ni en un terreno desigual, ni se dedican todos los hombres a su construcción, ni lo hacen desordenadamente. Cuando encuentran un lugar desigual, lo allanan y señalan un espacio cuadrado para levantar el campamento. Los soldados van acompañados de una gran cantidad de obreros y de herramientas para esta obra. El espacio interior lo distribuyen para las tiendas, mientras que, fuera, el recinto presenta el aspecto de una muralla y está provisto de torres colocadas a la misma distancia unas de otras. Entre las torres ponen las oxibelas, las catapultas, las balistas y las máquinas que sirven para arrojar objetos, todas ellas preparadas para disparar. Se levantan cuatro puertas, una en cada lado del recinto, que facilitan la entrada de las bestias de carga y son amplias para que salgan las tropas, en caso necesario. En su interior el campamento está dividido en calles bien dispuestas: en medio están las tiendas de los oficiales y en su parte central se halla el pretorio, de un modo similar al de un templo. De esta manera parece una ciudad surgida de repente, con su mercado, con sus zonas para los artesanos y con sus lugares desde donde los centuriones y los tribunos administran justicia, en caso de que surja alguna rivalidad entre ellos. El recinto amurallado y todo lo que hay dentro se contruye antes de que dé tiempo a pensarlo, ya que es grande el número y el conocimiento de las personas que trabajan en ello. En caso de ser necesario, hacen un foso, por fuera, alrededor del campamento con una profundidad y anchura de ocho codos» (Josep. B.I. III, 77-84.

La construcción del campamento

«Domitius Corbulo dolabra [id est operibus] hostem vincendum esse dicebat» (Domicio Corbulón solía decir que la dolabra era el arma con la cual se debía vencer al enemigo; Front. Strat. IV, 7, 2)


Dolabra (Fuente: http://armillum.com/tienda/index.php?manufacturers_id=4)

Durante la época republicana los encargados de la elección del lugar donde se iba a erigir el campamento eran los tribunos y los centuriones, que se adelantaban al ejército y trazaban el perímetro. En época imperial, sin embargo, aparece una figura encargada de esta actividad, el prafectus castrorum. Los encargados de trazar propiamente las líneas del campamento eran los agrimensores militares (metatores o gromatica),siendo la groma el instrumento con el que se trazaban las líneas rectas principales, desde un punto central. Constituida por cuatro plomadas, la groma premitía hacer divisiones en ángulos de 90 º, permitiendo trazar de manera eficaz las vías y las defensas.


Reproducción de una groma por la Legio VIIII Hispana. Por cortesia de la propia Legio VIIII Hispana (Fuente: http://www.legioviiii.es/)

Vegecio nos informa de que, si el enemigo está muy cerca durante la construcción del campamento: «se dispone en orden de combate a toda la caballería y la mitad de la infantería para rechazar un posible ataque; los demás detrás de aquellos, una vez construido el foso, levantan el campamento; mediante heraldo se indica qué centuria ha sido la primera que ha completado todo su trabajo, cuál la segunda y cuál la tercera. Después de esto, los centuriones revisan el foso, lo miden y castigan a aquellos que se hubieran mostrado más negligentes en la labor. Debe instruirse al recluta en esta práctica, para que cuando la ocasión lo demande, pueda fortificar el campamento sin desorden, rápidamente y con garantías» (Veg. Epit. Re. Mil. I, 25, 1-3. Algo que sabemos que se llevaba a la práctica gracias a César, quien: «Ordenó que la primera y segunda línea permanecieran sobre las armas y que la tercera fortificase el campamento»(Caes.B. G. I, 49, 2). Nótese cómo se fomentaba la competencia entre los mismos soldados y es que, efectivamente, la construcción del campamento, además de cumplir una labor defensiva, tenía otro objetivo igualmente importante: mantener la disciplina entre las tropas. Golsworthy (2005) se hace eco de algunos ejemplos de ello, como el de Metelo obligando a levantar el ejército cada día y a construir un nuevo campamento pese a no estar en territorio hostil; el de Craso castigando a sus tropas a consumir cebada en lugar de trigo y a levantar sus tiendas fuera del vallum del campamento; Corbulón, de quien se decía que había mandado ejecutar a dos legiones por haber dejado tiradas sus espadas durante la construcción del campamento. Rosenstein (1990) añade algunos casos más, como la orden que dio el Senado en el 280 a. C. de que aquellos soldados que habían sido derrotados por Pirro en Heraclea pasaran el invierno bajo lonas, idéntico castigo al que sufrirían siglos después los vencidos en Cannae. Y es que, como Vegecio dice claramente, el campamento, además de servir como defensa durante la campaña, puede servir como refugio en caso de derrota: «Y los que están sin campamento no sólo sufren esto, sino que si por casualidad comienzan a ceder en el campo de batalla, como no tienen campamento fortificado al que retirarse, caen impunemente como animales y la matanza no tiene fin hasta que se cansa de perseguirlos el enemigo» (Veg. Epit. Re. Mil. I, 21). Fueron no pocos los ejércitos que se salvaron del exterminio por disponer de un campaneto como refugio, y hasta tal punto llegaba la «obsesión» romana por estos recintos que encontramos ejemplos como el de Paulo Emilio, quien desaprovechó una buena oportunidad de abatir a los persas en su guerra contra Macedonia porque no había terminado de levantar el campamento. Pero aún podemos encontrar una función adicional del campamento: mantener a los soldados dentro de él. Y es que la deserción fue siempre un quebradero de cabeza para los mandos romanos. Así, Corbulón cuando se encontró con «veteranos que nunca habían hecho guardias ni vigilancias nocturnas, que miraban las empalizadas y fosos como cosa nueva y extraña, sin yelmos ni corazas», impuso una rígida disciplina al que muchos soldados respondieron desertando. Como solución a tal problema, Corbulón dispuso que «al contrario de lo habitual en otros ejércitos, no se otorgaba el perdón a la primera y segunda faltas, sino que el que abandonaba las enseñas, al momento lo pagaba con la cabeza» (Tac. Ann. XIII, 35.

Con todo el campamento, aunque en principio un recinto defensivo, era realmente un instrumento ofensivo. Por ello, no hay que observar sus defensas simplemente como una barrera frente al enemigo. En realidad, en no pocas ocasiones, las defensas eran simplemente testimoniales e intimidatorias, habida cuenta de que era el ejército romano el que llevaba la iniciativa de la ofensiva y tales obstáculos tenían entonces un valor más intimidatorio que funcional.

Volviendo a la construcción del campamento, según las fuentes se intentaba que se adaptara a la planta ideal, llevando a cabo, si era necesario, acciones para allanar el terreno y adaptarlo con la finalidad de conseguir un campamento lo más cercano posible a esta planta ideal, siendo lo adecuado incluso que el campamento tuviera una ligera pendiente, pues favorece la evacuación del agua, la aireación y facilita la salida de los soldados. Igualmente era importante que hubiera agua para abastecerse en caso de necesidad y que no esté dominado por una altura desde la que el enemigo pueda lanzar armas. Vegecio es bien claro a este respecto: «El campamento, sobre todo con el enemigo cerca, hay que construirlo en un lugar seguro que tenga a mano abundante leña, forraje, y agua; si hay que permanecer allí, debe elegirse un terreno saludable. Hay que tener cuidado de que no haya un monte cercano o lugar más alto que, capturado por el enemigo, pueda estorbarnos. Hay que examinar atentamente que el sitio no acostumbre a ser inundado por torrentes, con las consiguientes consecuencias negativas para el ejército. Se debe construir el campamento según el número de soldados y el volumen de los bagajes, para que un gran contingente no se amontone en un pequeño recinto ni a un pequeño ejército se le fuerce a extenderse más de lo conveniente sobre una amplia superficie» (Veg. Epit. Re. Mil. I, 22). Así, César se lamentaba durante una campaña de que: «Había por el lado norte una colina que, por su gran extensión, no habían podido abarcar los nuestros con las obras, viéndose obligados a poner el campamento en un lugar poco favorable y algo pendiente» (Caes. B. G. VII, 83, 2), y ponía en práctica esta norma cuando le era posible: «Cuando vio que los nuestros no eran inferiores, teniendo delante del campamento un lugar oportuno y apropiado por su naturaleza para formar el ejército, puesto que la colina que ocupaba el campamento, no muy elevada sobre la llanura, tenía por la parte que miraba al enemigo justamente la anchura que podía ocupar el ejército formado para la batalla y por ambos lados pendientes escarpadas, mientras que por delante descendía suavemente hasta la llanura, abrió por ambos lados de la colina un foso transversal de unos cuatrocientos pasos y guarneció los extremos de los fosos con fortines» (Caes. B. G. II, VIII, 3).

Ya hemos comentado que esto era «lo ideal», pero la realidad era bien distinta, encontrándonos con campamentos que explotan el contorno donde se instalan. Buenos ejemplos de ello son el campamento anteriormente citado del Monte Curriechos (Asturias).

El campamento republicano de Aguilar de Anguita

El campamento de finales del s. I a. C. del Monte Cildá (Cantabria)

Y muchos más ejemplos que comentaremos con más detenemiento en la tercera entrega de este artículo.

En cuanto a las entradas al campamento, lo habitual es que hubiera cuatro, las más importantes la porta praetoria, situada generalmente de cara al enemigo, y la porta decumana, en el lado opuesto (las otras dos serían la porta principalis dextra y la porta principalis sinistra). Para defender estas entradas que, no lo olvidemos, son la parte más vulnerable del campamento, los romanos desarrollaron diferentes sistemas defensivos. Por un lado, tenemos las claviculae, que consistían en una prolongación del agger hacia el interior o hacia el exterior del campamento en forma de cuarto de círculo, con la finalidad de desviar hacia la izquierda a los posibles asaltantes que intentasen irrumpir por las puertas y obligarles a que dejasen desprotegido ante los defensores el costado derecho (libre del escudo) y las espaldas. Estas puertas, como recuerda Peralta (2002), quien las ha estudiado en los campamentos del Bellum Cantabricum, se basaban en el principio de Vitrubio de que los accesos de las puertas no sean rectos sino en curva, y podían ser, como hemos dicho, tanto internas como externas.


Uno de los campamentos romanos de la cicumvallatio de Masada. Obsérvese la puerta protegida por una clavicula interna. (Fuente: http://www.nd.edu/~sheridan/Jerusalem%202005/Jerusalem%202005-Pages/Image135.html)

Otra forma de defender las puertas, era situar justo delante un foso y un muro (titulum) situado delante de la puerta para romper el asalto de una formación enemiga o se protegía únicamente con el titulum. Por último, estaba la agricolana, una variante de la clavicula en la que ambos tramos de las defensas se proyectaban hacia el exterior, uno en oblicuo y otro en curva, dejando un pequeño espacio de acceso.


Ejemplo de puerta protegida por titulum en un campamento de la frontera danubiana. (Fuente: http://www.phil.muni.cz/archeo/uam/htm/buttons_htm/oddeleni_archeologie/sbornik/m6_2001/sedo.html)
Todos los soldados conocían a la perfección su posición dentro del campamento, lo que les permitía actuar con rapidez en caso de ser atacados durante su estancia en el mismo (lo que no era habitual), sabiendo de antemano por qué puerta debían salir.

En no pocas ocasiones estos castra aestiva eran destruidos al partir para evitar su reutilización por el enemigo, pues tampoco era muy recomendable dejar el ejércio en un mismo punto durante mucho tiempo, salvo que las condiciones sean muy ventajosas, porque la concentración de tropas favorece el desarrollo de enfermedades. La inversión de tiempo que se calcula para el levantamiento de estos campamentos diarios oscila entre las 2 horas y las 3 horas y media según autores consultados, al margen de lo cual, el lector se hará una idea del entrenamiento y la eficacia exigidos para llevar a buen puerto una obra así en un breve espacio de tiempo. En contra de lo que pudiera parecer en un primer momento, el tiempo y el esfuerzo requeridos para contruir estos campamentos no suponía un problema para la media de avance del ejército, algo para lo que en realidad hay que tener más en cuenta la velocidad y resistencia del tren de bagaje.

Existen muchos relatos dramáticos de historiadores romanos sobre campamentos siendo atacados y superados hasta que una reacción los salvaba del peligro, pero no existe referencias de que ninguno de estos ataques concluyeran con éxito sin haber sido previamente derrotado en campo abierto el ejército resguardado en el campamento. La existencia de varios puestos de guardia y la óptima distribución y organización de las salidas, permitían al ejército reaccionar con rapidez ante cualquier agresión desde el exterior.

Dentro del campamento, y siempre hablando de castra aestiva, los legionarios se instalaban en tiendas de campaña (papilionum) de cuero, generalmente de cabra, en cada una de las cuales se alojaba un grupo de ocho hombres (contubernium). Contruidas, como decíamos, con cuero (lo que llevó a utililzar la expresión sub pellibus esse, como sinónimo de permanecer en el camapemnto) y con tejado a dos aguas, estas tiendas disponían de capacidad real para seis soldados, pues había permanentemente dos de los miembros del contubernium de guardia. Cada uno de estos contubernia tenía un veterano nombrado por el centurión a cargo del mismo, siendo éste quien daba nombre a la unidad: Así, por ejemplo, nos podríamos encontrar con el contubernium de Severo. De estas tiendas se han hallado tanto fragmentos del cuero, como las clavijas de hierro que servían de sujección (Peralta, 2002). El nombre de estas tiendas, papilio, se debía a su parecido con las cortinas recogidas a las alas de una mariposa. Por supesto, la tienda del comandante, ducis tabernaculum o praetorium, era de mayor tamaño y confortable, reproduciendo en los campamentos estables el antiguo atrio de una casa romana. El cuartel general o principia, permanecía en el centro del campamento, donde se cruzaban la via principalis y la via praetoria. Era en ese preciso lugar donde, durante la época imperial, se honraban las águilas en una capilla habilitada al uso (sacellum).


Reproducción de las tiendas romanas por la Legio VIIII Hispana. (Fuente: http://www.legioviiii.es/)

Huelga decir, para terminar con este somero repaso, que se registra una evolución entre el campamento de época republicana y el de época imperial. Es en época de César cuando las esquinas de los campamentos adquieren formas redondeadas y se empieza a dotar a los accesos de las puertas en claviculae, aunque anteriormente notamos que se van ensayando algunas innovaciones, como los accesos en el campamento de La Cerca (Aguilar de Anguita).

2008 Hannon (D. F. R) para Pax Celtibera.

MAS

Anuncios
A %d blogueros les gusta esto: