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LAS GUERRAS ANGLO AFGANAS. 29 agosto 2007

Posted by paxceltibera in 02. DE LOS PUEBLOS DEL MUNDO.
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En 1838 Gran Bretaña organizó un gran ejército con el que pretendía subyugar a los inquietos afganos, amenaza permanente para sus intereses coloniales en la India. Su objetivo era, en apariencia, sencillo: reemplazar al entonces gobernante de Afganistán, Dost Mohamed, por Shah Shuja, más proclive a la defensa de los intereses británicos. En palabras del mayor general James Lunt, “pocas campañas militares de la historia británica habrán sido planificadas de manera más inepta y ejecutadas más incompetentemente de lo que lo fue la Primera Guerra Afgana”.

Los quince mil doscientos soldados reunidos para la ocasión viajaron hacia el noreste junto con treinta y ocho mil criados, varias bandas de música, gaiteros, ponies para jugar al polo, jaurías de perros de caza y treinta mil camellos cargados con suministros. Los oficiales de un regimiento necesitaron de dos camellos únicamente para acarrear sus puros, mientras que un mero brigadier empleó nada menos que sesenta bestias de carga en trasladar sus efectos personales. Con todo, la fuerza expedicionaria pronto agotaría sus provisiones, debiendo pagar un precio desorbitado por la adquisición de un rebaño de diez mil ovejas. El ejército lo devoró por completo, incluyendo las pieles fritas en la propia sangre de los animales. Los camellos se revelaron mucho menos útiles. Murieron en tales cantidades durante el viaje que uno de los generales los llegó a calificar de “inútiles, excepto como prácticas de enterramiento”, ominosa apostilla, como se verá.

Bajo el general sir John Keane, los británicos alcanzaron sus primeros éxitos en Kandahar y Ghazni, llegando posteriormente a Kabul, donde en agosto de 1839 colocaron a Shah Shuja en el trono. La intervención extranjera no hizo sino azuzar el resentimiento entre los pueblos nativos, especialmente cuando la mayoría de las tropas británicas regresó a la India. La oposición de las tribus se generalizó a lo largo y ancho de Afganistán, culminando de manera desastrosa con el asesinato del prominente oficial británico Alexander “Bujara” Burnes. En enero de 1842, los cuatro mil quinientos soldados que permanecían en Afganistán, junto con los doce mil civiles que les acompañaban, iniciaron la retirada de Kabul en una larga y mortífera marcha invernal de la que tan sólo un europeo sobreviviría. Shah Shuja sería asesinado el 5 de abril y el país se desintegró en diversas facciones dirigidas por caudillos tribales. Dost Mohamed reclamó el trono, y pronto el país retornó al status quo original. Con la excepción de unos cuantos miles de muertos nada había cambiado en absoluto.

Décadas más tarde los británicos tratarían de nuevo de dominar Afganistán. Dost Mohamed había muerto en 1863 sin conseguir su objetivo de unificar el país. Sobrevivió a sus tres hijos favoritos, pero las otras dos docenas que seguían con vida se enzarzaron en una cruenta guerra civil que pronto causó la alarma tanto entre los británicos de la India como entre los rusos de Asia central. La inquietud de ambos imperios motivó la aparición del “Gran Juego” en el que el Imperio Británico y la Rusia zarista competían por ejercer su influencia sobre Afganistán mediante el espionaje y las operaciones encubiertas. Cuando los británicos comenzaron a sospechar que su posición se deterioraba a ojos de las facciones tribales afganas, juzgaron necesaria una nueva intervención militar. La Segunda Guerra Afgana (1878 – 1880) comenzó con una invasión fulminante de Afganistán por parte de treinta y tres mil quinientos soldados británicos desde tres puntos distintos que prometía un éxito completo. La idea de la venganza por los desastres de cuarenta años atrás flotaba en el aire, pero pronto cambiaría el panorama. Una epidemia de cólera diezmó al ejército mientras las temperaturas alcanzaban los cuarenta grados a la sombra. Se recomendó a los comandantes que no visitasen los hospitales de campaña por temor a que no fuesen capaces de soportar el espectáculo. Por suerte la guerra pronto concluyó, o al menos eso pensaba todo el mundo. En 1879 el gobierno británico celebró su victoria en Afganistán: su causa era justa y las bajas en combate relativamente moderadas. Los aduladores aplaudieron a rabiar.

Repentinamente, como había sucedido en la guerra anterior, un oficial británico de alto rango fue asesinado en Kabul. Las represalias no se hicieron esperar, y los ocupantes aprehendieron a los rebeldes en masa, ahorcándolos de diez en diez. La mecha de la guerra prendió de nuevo y alumbró con fuerza. Un destacamento británico de dos mil quinientos hombres fue derrotado cerca de Kandahar. Pronto llegaron refuerzos al mando del teniente general sir Frederick Roberts, al mando de diez mil hombres, siete mil civiles, más de cuatro mil setecientos caballos, casi seis mil mulas y otras trece mil bestias de carga. Su marcha desde Kabul y su victoria en Kandahar convirtieron a Roberts (“sin tacha en su fé y su fama”) en uno de los pocos héroes de esta guerra cruel y poco romántica; sin embargo, este general acabaría recomendando a Occidente que lo mejor sería no inmiscuirse en Afganistán: “Puede que no halague demasiado nuestro amour propre , pero creo estar en lo correcto cuando digo que cuanto menos nos impongamos a los afganos, menos nos detestarán. Si en un futuro Rusia intentara la conquista de Afganistán, o la invasión de la India a través de ese país, disfrutaríamos de mayores posibilidades de poner a los afganos de nuestro lado si mientras tanto evitamos toda interferencia en sus asuntos.”

*** *** ***

Traducido del libro de Frank L. Holt, Into the Land of Bones. Alexander the Great in Afghanistan ; University of California Press, 2005.

(c) de la traducción, Hartza 2007.

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Comentarios»

1. Delhi, sabiduría acumulada a través de los siglos - Donde Viajar - 26 julio 2010

[…] se encuentran inscritos los nombres de los soldados muertos durante la Primera Guerra Mundial y las Guerras Afganas. Temas: delhi, vuelos Delhi Añadir a Del.Icio.Us | ¡Compártelo! Comentar | Trackback […]


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