jump to navigation

SOCIOBIOLOGIA. PERFIL DE UNA VERDADERA PSEUDO-CIENCIA. 29 julio 2007

Posted by paxceltibera in 03.DEL ARTE Y LA CULTURA EN GENERAL.
trackback

Es bastante frecuente en la actualidad traer a colación estudios de Genética de Poblaciones para discutir acerca de los orígenes de las diferentes etnias, sus posibles conexiones y movimientos a lo largo de la historia, etc. Pareciese que sólo por invocar una rama científica, como es la Genética, hubiese que conceder mayor autoridad a los argumentos esgrimidos.
Sin embargo, no me parece que, hasta ahora, se haya alcanzado un mínimo de consenso entre los propios genetistas a la hora de manejar estas cuestiones, al menos de manera que transcienda y en el plano que pueda resultar mínimamente aprovechable para el conocimiento de nuestras prehistorias.
Por poner un ejemplo. Hace un par de años muchos aficionados gallegos al “celtismo” se entusiasmaron después de que un equipo de investigación del Trinity College dublinés estableciese estrechas conexiones genéticas entre las poblaciones gallega e irlandesa (1) A ello se añadían las investigaciones de otro experto según el cual una alteración en el gen Apo B 3500, de alta incidencia entre los gallegos, era calificado como “típicamente celta” (¡!):

El experto explica que la mutación tiene más de 6.000 años de antigüedad y que es propia de los países de Centroeuropa, Gran Bretaña e Irlanda, donde se asentaron los poblados celtas y suevos. Por este hecho, los expertos consideran que se puede deducir el origen celta de los gallegos; al menos, de los que tienen esta mutación genética (2)

Como hay caramelos para todos, ahora están de enhorabuena los llamados “autoctonistas” (quienes niegan influencias externas dignas de mención en la configuración del “castrexo galaico”), puesto que otros especialistas de la universidad compostelana, no menos serios que los anteriores, defienden una historia genética para los gallegos aislada respecto a otros pueblos:

Galicia cuenta con una «uniformidad genética muy clara» a diferencia de otras regiones españolas y europeas, como consecuencia de la escasa movilidad de la población, según ha indicado el experto en genética Anxo Carracedo (3) .

Es decir, dos equipos de investigación, muy científicos y serísimos ambos, alcanzan conclusiones, no sabemos si contradictorias, pero completamente independientes. Bien, y ¿con qué versión se quedan los historiadores? Yo tengo serias dudas de que tal información resultase históricamente útil en algún sentido y creo que por buenas razones:

La información genética poco (o nada) puede contarnos sobre la herencia cultural de una población ya que los saberes y los aprendizajes no quedan registrados en el código genético (y por tanto no se heredan) […] Pero todavía más: Tampoco podemos esperar de la genética, dataciones temporales de eventos históricos concretos que no escapen a unos márgenes de error lo suficientemente amplios (4)

Por otra parte están todas esas aproximaciones desde la Biología Evolutiva, que son las que a mi me parecen directamente desechables, y que van a ser el objeto de esta crítica.
Muchos habréis estado atentos a alguno de esos foros de tema galaico especialmente polémicos, donde la mayoría de los contertulios se escandalizan ante argumentos en los que lo genotípico, lo fenotípico y lo cultural se mezclan en un totum revolutum exasperante, que no se sabe a dónde quiere conducirnos. Yo sigo sin saber a dónde, pero lo que sí creo saber es “de dónde” proceden ese tipo de argumentos y por qué siguen aspirando a un inmerecido reconocimiento científico.
Se dicen, por ejemplo, cosas como esta:

Hay 10 millones de diferencias genéticas entre dos seres humanos, las cuales explican en buena medida las diferencias en inteligencia , personalidad, conducta, sociabilidad, adicciones, conducta criminal, ideas políticas… entre las personas (5)

Esta declaración parte de una serie de supuestos sobre los que la Biología no se pronuncia seriamente sin machacarse los dedos, como valorar diferencias en la inteligencia de los individuos o predefinir actitudes y conductas humanas a golpe de análisis genéticos.
El problema remite a una cuestión básica de distribución convencional de “objetos disciplinares”: los objetos físicos son materia para las Ciencias Naturales, los sujetos humanos lo son para las Sociales. La posibilidad de una “síntesis científica” que aglutine todas las ramas del conocimiento científico y social en una sola disciplina, es hoy por hoy un desiderátum, legítimo, pero nada más. A alcanzar ese estado de excelencia epistemológica aspiró hace una treintena de años la llamada Sociobiología, que se quedó en un intento fallido y cuya proyección no hace sino seguir creando confusión entre los aficionados a la Historia, de lo que sobran muestras ejemplares en múltiples foros de la red.
La idea fundamental de esta “derivación espuria” de la Biología es la siguiente: se pretende que lo biológico predetermina lo cultural y que, por tanto, cualquier aspecto del comportamiento humano –agresividad, territorialidad, tendencias sexuales (hetero/homo), diferencias de género…- está regido por las leyes naturales y evolutivas que afectan a los organismos vivos en general.
A simple vista ya me parece fácil deducir cuáles puedan ser las implicaciones morales y políticas de semejante teoría. No podría ser de otra manera con estos lustrosos antecedentes.

EL DARWINISMO SOCIAL

Esta corriente fue desarrollada a lo largo del siglo XIX por Herbert Spencer (1820-1903), sociólogo británico cuyas simpatías estaban, paradójicamente, más del lado de Lamarck que del propio Darwin, pues compartía con aquel la idea de la herencia de los caracteres adquiridos.


Spencer

Según esa doctrina, el principio de “supervivencia del más apto” –expresión debida a Spencer- y postulado por la teoría evolucionista como factor clave en el éxito adaptativo de los individuos al entorno, sería perfectamente aplicable en el terreno social, en el sentido de que los individuos más fuertes serían los socialmente exitosos y sus ventajas serían hereditarias. Esta misma idea fue trasladada al terreno de las diferentes sociedades históricas para establecer cuáles de ellas habrían sido más exitosas desde el punto de vista adaptativo.
Nociones valorativas enraizadas en esta doctrina son algunas de uso tan frecuente entre nosotros como la de “progreso”, que hunde sus raíces en aquella corriente positivista-historicista del s. XIX, cuya vertiente antropológica es mejor conocida como Evolucionismo. A esta escuela debemos, todavía, muchas de las periodizaciones culturales manejadas hoy en día tanto por la Etnología como por la Historia, cuyo fundamento, a nadie se le oculta, consistía en la idea explícita de superación progresiva de estadios culturales desde lo más simple a lo más complejo, desde lo inferior a lo superior, etc: de ahí la antigua categorización de las diferentes fases evolutivas en los términos Salvajismo, Barbarie, Civilización (en la actualidad, partiendo de criterios tecnológicos, se sigue aceptando Edad de Piedra, de los Metales, Historia –conocimiento de la escritura-, etc.; mientras que en Etnología se impone la periodización neoevolucionista basada en criterios socio-políticos: Sociedades de Banda, Tribales, Jefaturas, Estados… )

Es obvio que la idea de que las sociedades humanas funcionan bajo premisas biológicas evolutivas, seleccionando a los más aptos y favoreciéndolos con las mejores posiciones sociales, no es más que un medio artificioso y pseudo-científico de legitimar las diferencias sociales, sean o no bajo la forma de clases (en sentido marxista). En fin, es fácil comprender por qué una teoría basada en la maximización de los factores genéticos definidores de la eficacia genotípica en el desarrollo de las poblaciones, es materia codiciada por quienes gustan entender la vida social en los mismos términos: es decir, en los términos del par antitético superior/inferior, y todos los demás homologables: mejor/peor, exitoso/fracasado, sólo para justificar moralmente que unos individuos exploten a otros. De aquí que fenómenos como la eugenesia y muchas teorías racistas del siglo pasado hayan tenido en el Darwinismo Social el soporte científico anhelado, y no sólo para su auto-justificación teórica, sino también para las acciones políticas criminales perpetradas a su amparo: castración forzosa de “imbéciles sociales” (enfermos, delincuentes, marginales, extranjeros…), deportaciones en masa, genocidios…, todo en pro de la regeneración de la pureza racial, sobre lo que poco más cabe añadir que no sepamos.
La exigencia biológica de luchar por la supervivencia implica la competencia y confrontación constante para asegurarse el predominio sobre los demás, de ahí que el ser humano esté en guerra permanente con sus semejantes. Pero ¿cómo evitarlo, si es un imperativo dictado por una ley natural? Así de falaz y peligroso fue, en definitiva, el Darwinismo Social en la historia de las mentalidades de Occidente. Bien, pues con estos antecedentes surge la Sociobiología.

SOCIOBIOLOGÍA: LA NUEVA SÍNTESIS

Con este título, en 1975, presentaba al público el entomólogo Edward O. Wilson un nuevo proyecto de disciplina consistente en aunar en una única teoría el conjunto de factores biológicos y sociales cuya conjunción explicaría científicamente el comportamiento de las sociedades humanas y sus diferentes desarrollos.
La repercusión de esta obra en el mundo intelectual estadounidense, especialmente, fue bastante sonada, hasta el punto de atribuirle la apertura de una fase crítica “del conocimiento y de la conciencia pública”. Sin embargo, fueron muchas las críticas que, desde la izquierda especialmente, la sometieron a un juicio severo, por las razones que explica M. Sahlins: el concepto tradicional de “selección natural” ha sido asimilado progresivamente a la teoría de la acción social típica del mercado competitivo […] Concebida a la imagen del sistema de mercado, la naturaleza, imaginada pues culturalmente, ha sido usada a su vez para explicar el orden social humano, y viceversa, en un intercambio recíproco sin fin entre darwinismo social y capitalismo natural. Se dice que la sociobiología es sólo la última fase de este ciclo: la fundamentación del comportamiento social humano en una idea avanzada o científica de la evolución orgánica, que es, según sus propios términos, la representación de una forma cultural de acción económica . Lo que nos está diciendo Sahlins, por si queda alguna duda, es que la sociobiología pretendía dotar de legitimidad científica la ideología capitalista.
La sociobiología de Wilson partía de una teoría conocida como “de la selección por parentesco”, ingeniosa solución a un debate teórico mantenido por entonces entre dos corrientes contrapuestas respecto a la evolución: mientras unos sostenían que la selección natural actuaba sobre la “reproducción diferencial de los genotipos individuales”, otros defendían que lo hacía sobre la “reproducción por grupos”, es decir, se establecía bien al individuo, bien al conjunto de la población, como unidad de respuesta genética a la selección natural.

La primera de las teorías postulaba que los organismos están en permanente competencia egoísta con el resto de los miembros del grupo para asegurar la perpetuación de sus propios genes. Sin embargo, esta idea contrasta con los comportamientos “altruistas”, e incluso auténticos actos de autosacrificio, a los que individuos animales son capaces de someterse a favor del grupo. Estos comportamientos favorecen la continuidad de la especie pero actúan en detrimento del éxito reproductivo individual, de ahí que otros biólogos considerasen al grupo como auténtica unidad de reacción frente a las presiones ambientales y la selección del medio.
Este debate teórico, curiosamente, también implicó valoraciones en clave sociológica: los biólogos simpatizantes de la “selección por grupo” y de los comportamientos individuales altruistas, vieron en la “selección individual” una metáfora económica del individualismo emprendedor (Sahlins: 32)
Como dije antes, la teoría de la “selección por parentesco” (formulada por W.D. Hamilton en 1964 en La teoría genética del comportamiento social ), surge como una especie de solución de compromiso entre estas dos posiciones enfrentadas para resolver la contradicción, cosa que haría de manera bastante imaginativa: el “altruismo social” de ciertos individuos pasa a recalificarse como “egoísmo genético” sobre la base de que el sacrificio de uno se efectúa en beneficio de quienes comparten sus genes, es decir, de sus parientes (la relación coste/beneficio en esta “transacción” fue expresada por Hamilton en una fórmula matemática, conocida como Regla de Hamilton, por la cual se pondera el beneficio genético que extraigo de mi autoinmolación en razón de la cantidad de los parientes que se salvan a mi costa: inclusive fitness o aptitud inclusiva). Es decir, lo que antes era altruismo desinteresado ahora es egoísta previsión de futuro para mi herencia genética .
A pesar de que incluso en Ecología parece ser difícil valorar la incidencia de la Regla de Hamilton en el comportamiento animal, Wilson no pudo resistirse a trasladarla a la Sociobiología, dado el empaque científico que proporciona toda formulación matemática. Pero es más, incluso pretende que nuestra mente reconoce de manera intuitiva a los parientes sanguíneos y que socialmente obramos en consecuencia, es decir, con el fin de proteger nuestro legado genético:

Los modelos de Hamilton seducen en parte por su transparencia y su valor heurístico. El coeficiente de relación, r [también llamado “coeficiente de consanguinidad”, se refiere a la herencia genética compartida con cierta clase de parientes] se traduce fácilmente en “sangre” y la mente humana, ya avezada en el cálculo intuitivo de los lazos de sangre y el altruismo proporcionado, se apresura a aplicar el concepto de aptitud general a una reevaluación de sus propios impulsos sociales (Wilson, en Sahlins 38 )

Diríase que hacemos bastante más de lo que somos conscientes para asegurar la continuidad de nuestros preciados genes, lo cual deja también en suspenso la respuesta a por qué tantos amores humanos, como entre dos del mismo sexo o al mismísimo dios, son tan tenaz y conscientemente estériles desde el punto de vista genético (si bien perfectamente discriminados entre los más inconscientes: mientras la esterilidad de unos es opción respetable, la de otros es síntoma de manifiesta morbidez o desviación anti-natura. En fin, cosas de la moral reaccionaria…)
Por otra parte, la adecuación de toda la teoría antropológica del parentesco a los intereses de esta otra teoría sobresimplificó en extremo la naturaleza de las relaciones de parentesco, que quedaron reducidas a un mero conjunto naturalmente dado de lazos de sangre y conexiones genealógicas sabiamente organizadas por las leyes de la genética. Es decir, se cargaba, o pretendía cargarse de un plumazo, todo lo que los estudios antropológicos habían llegado a consensuar, al menos desde que Malinowski, allá por 1913, hubiese hecho la “sorprendente” observación de que los lazos de sangre en sentido estricto eran de hecho indiferentes en sociedades que, como la trobriandesa, ignoraban los mecanismos biológicos de la generación: las mujeres se creían embarazadas por los espíritus y los padres socialmente reconocidos eran solamente los esposos de las madres, cuya libertad sexual garantizaba una muestra considerablemente amplia de candidatos a genitores o padres genéticos (cuestión que, por supuesto, aquella sociedad no sometía a juicio moral de cualquier clase).
Este es sólo un ejemplo de cómo la etnografía confirma el valor consuetudinario del parentesco, una institución organizativa básica del entramado social en un sinfín de sociedades humanas, cuya variedad y flexibilidad organizativa debería bastar para convencernos de su configuración eminentemente cultural. Esto a despecho de las relaciones sanguíneas que efectivamente existen y la Etnología no niega, a diferencia de muchas teorías folk del parentesco, como la mencionada trobriandesa, o aquella que permite el matrimonio con espíritus o a una mujer estéril desposar a otra para adquirir su propia descendencia …. Por no mencionar el hecho de que se consideren parientes cercanos, no los más próximos genealógicamente sino los más próximos residencialmente, o considerar el funcionamiento de las Estructuras Elementales de Parentesco, donde todo el mundo se casa con su primo, pero de manera absolutamente regulada por la convención: entre dos clases de parientes sanguíneos del mismo grado, una se prohibe para el matrimonio y la otra se prescribe (convirtiéndose ficticiamente en parientes políticos o afines) dependiendo de la línea de filiación escogida –materna o paterna- para la perpetuación de los grupos de descendencia. Etc., etc., etc.
En definitiva, ¿qué lugar queda para las ventajas adaptativas y el éxito reproductivo de los genes en esta clase de comportamientos institucionalizados que, además de estar lejos de ser excepción, niegan bien la conciencia, bien la pertinencia de los lazos sanguíneos en la conformación de los grupos familiares?

Conclusión: dado que no hay una correspondencia ineludible entre necesidad natural y respuesta cultural, el determinismo biológico parece fuera de lugar en la organización del parentesco humano. En mi opinión, el libro mencionado de Sahlins, publicado inmediatamente después del de Wilson con cierto sentido de la urgencia, ya lo refutó satisfactoriamente en aquel entonces.
Por lo demás, considero importante remarcar que, establecer límites a la Biología en su aplicación al conocimiento de las sociedades humanas, no supone en absoluto negar la influencia de la naturaleza en nuestro comportamiento. Sólo se cuestiona la posibilidad de su predecibilidad a partir de la formulación de leyes biológicas de carácter general.

(1) http://www.breakingnews.ie/2004/09/09/story165780.html
http://www.celtiberia.net/articulo.asp?id=1791&cadena=Bradley
(2) http://www.lavozdegalicia.es/inicio/noticia.jsp?CAT=126&TEXTO=2564838
(3) http://www.lavozdegalicia.es/se_sociedad/noticia.jsp?CAT=105&TEXTO=100000087641
(4) Salas, A., Quintáns, B., Álvarez-Iglesias, V., Unidade de Xenética. Instituto de Medicina Legal, USC; p.167-168 en http://www.consellodacultura.org/mediateca/pubs.pdf/xenetica.pdf
(5) http://www.celtiberia.net/verrespuesta.asp?idp=7711, 31/05/2006, 16:26:02

BIBLIOGRAFÍA

Sahlins, M., 1990: Uso y abuso de la biología: crítica antropológica de la Sociobiología. Siglo XXI , Madrid
Sandín, M., 2000: “Sobre una redundancia: el Darwinismo Social” ASCLEPIO Vol. LII, Fascículo 2, CSIC. Madrid. http://www.uam.es/personal_pdi/ciencias/msandin/darwinismo_social.html
Stone, L., 2000: Kinship and Gender. An Introduction . Westview Press, New York.
Varela Álvarez, V., 2003: “Sociobiología”, en El Catoblepas . Revista Crítica del Presente. Nº 14 • abril 2003 • página 9. http://www.nodulo.org/ec/2003/n014p09.htm

Por Trola.

Anuncios
A %d blogueros les gusta esto: