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LA QUERELLA PRISCILIANISTA. ASPECTOS POLITICOS por F. 29 julio 2007

Posted by paxceltibera in 02. DE LOS PUEBLOS DEL MUNDO.
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A caballo entre el gobierno de Graciano y el de Máximo se produjo la querella priscilianista, importante para la historia de Hispania ya que sus comienzos están en la Península, así como algunos de sus protagonistas son hispanos (Máximo, el propio Prisciliano…) y parte de los hechos ocurrieron allí. Además, es especialmente interesante comprobar como una disputa, cuyo origen es esencialmente religioso, si bien contenía ya el germen de la posterior querella al permitir a laicos interpretar las Sagradas Escrituras, lo que ponía en entredicho el poder de los sacerdotes, únicos autorizados para hacerlo, se convirtió rápidamente en una dura lucha por la obtención de sillas episcopales, es decir, por el liderazgo que éstas otorgaban sobre la comunidad, sobre todo, urbana. Este conflicto afectó, además, a todos los niveles de la administración, no sólo de la diocesis Hispaniarum sino de la prefectura gálica y aún de la cancillería imperial hasta alcanzar, finalmente, al propio emperador (primero a Graciano y posteriormente al usurpador Máximo). La intervención de este último, interesado en aprovechar los hechos en su propio beneficio político, convirtió el caso de Prisciliano en uno de los más fascinantes del siglo IV, paradigma que demuestra hasta que punto política y cristianismo estaban inextricablemente unidos.
La primera reacción a la publicidad de los actos de Prisciliano y los suyos fue religiosa y consistió en la convocatoria de un concilio en la ciudad de Zaragoza, probablemente en el año 378 ó 379, al que acudieron ocho obispos hispanos y cuatro galos. De este concilio salió una acusación cuyo objetivo era la neutralización de Prisciliano y los suyos, que no se presentaron a defenderse: la de maniqueísmo y práctica de artes mágicas, lo que les ponía en el punto de mira de las autoridades imperiales al ser los maniqueos objeto de persecución ya desde Diocleciano, mientras que Graciano los habría excluido expresamente de su edicto de tolerancia religiosa del año 375.
Ante una amenaza tan seria los priscilianistas intentaron blindar a su líder consiguiendo para él el obispado de Mérida, a la sazón en manos de Hidacio, uno de sus mayores enemigos. Pero el plan se saldó en fracaso ya que Hidacio consiguió el apoyo de las masas urbanas que impidieron por la fuerza su deposición, a pesar del apoyo que Prisciliano recibió de los obispos de Córdoba y Astorga, simpatizantes de su causa. Ante estos hechos, los priscilianistas hubieron de renunciar a su propósito original y nombraron a Prisciliano obispo de Ávila. La lucha se estaba volviendo cada vez más encarnizada. Hidacio, alarmado por los acontecimientos y dispuesto a terminar de una vez por todas con el problema priscilianista, acudió, mediante la intermediación de Ambrosio, poderoso obispo de Milán y consejero del emperador, a Graciano, aunque ocultó astutamente el nombre de sus enemigos, lo que ha hecho suponer que Prisciliano tendría simpatizantes en la corte.
En principio el plan de Hidacio salió a la perfección: en 380 Graciano promulgó un rescripto contra los maniqueos por el cual los priscilianistas, acusados de serlo, fueron expulsados de sus sedes episcopales y aún de las ciudades. Sin embargo, la reacción de Prisciliano y los suyos no se hizo esperar y dieron un paso más en el conflicto con la implicación de diversos cargos administrativos no sólo locales, sino también del más alto nivel. Así gracias a la intervención, previo soborno, del magister officiorum Macedonio, de quien sabemos que ostentó este cargo en 382-383, los priscilianistas lograron recuperar sus cargos eclesiásticos. Pero no se detuvieron ahí y volvieron a contraatacar, centrándose esta vez en otro de sus grandes enemigos, Itacio, obispo de Ossonoba (actual Estai, Portugal). Fue acusado ante las autoridades locales de perturbar las iglesias: primero ante Volvencio, nombrado procónsul de Lusitania en 382 ó 383, lo que indica la importancia que estaban adquiriendo los sucesos acontecidos en esa provincia. Hasta ahora el gobernador había sido consular, pero los acontecimientos habrían impelido a Graciano a enviar un procónsul, que en materia judicial dependía, no del prefecto del pretorio como los vicarios, sino del propio emperador. La nueva intervención del influyente Macedonio hizo que finalmente el cada vez más enrevesado caso fuera asignado a quien le hubiera correspondido en origen, el vicario de la diócesis hispana, en esos momentos Mariniano. La probable simpatía que Mariniano sentiría hacia los priscilianistas no satisfizo en absoluto a Itacio, que huyó a las Galias en 383, donde consiguió, gracias a la intervención del prefecto del pretorio Próculo Gregorio, que Prisciliano y sus más fieles seguidores fueran trasladados a Tréveris, capital de la prefectura, para ser juzgados. Tanto Itacio como Prisciliano habían sido engullidos por la compleja trama política de los enfrentamientos cortesanos entre Macedonio y Gregorio, que estaban utilizando su causa para dirimir sus propias diferencias. La disputa se saldaría de momento a favor de Macedonio, que consiguió de nuevo enviar la causa al vicario de las Españas Mariniano, por lo que el traslado a Tréveris quedó suspendido.
Pero lo que hasta ahora era una intriga entre altos funcionarios se convirtió en asunto de estado con la llegada al poder del usurpador Máximo en agosto de 383. Éste decidió que el certamen priscilianista convenía a su estrategia, destinada desde el primer momento a conseguir la legitimación no sólo política (que conseguiría en otoño de ese mismo año) sino religiosa. Actuar con dureza contra los heréticos suponía desautorizar al asesinado Graciano, que se habría mostrado indulgente en exceso, poner en evidencia el filoarrianismo de Valentiniano II y, lo más importante, competir en ortodoxia con el campeón por excelencia, el emperador Teodosio, que acababa de promulgar el edicto de Tesalónica (381). Además, de ser ciertos los lazos, no demostrados, entre Prisciliano y la aristocracia lusitana cercana a Teodosio y su familia, se incluiría una lectura política también a nivel regional. Todo lo anterior confluyó en la condena a muerte de Prisciliano y algunos de sus seguidores más cercanos, encontrados culpables de los graves delitos de maniqueísmo y práctica de la magia en los juicios celebrados en Tréveris en el año 385.

© Francisco Javier Sanz Huesma, 2007.

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